Watamu (II)

19 ENE 2019

Watamu

El descanso está haciendo estragos en el orden de mi diario. Recién repasé la última entrada y decidí abandonar un poco la secuencia cronológica.

Los días en Kobe Suites Resort pasan muy placenteramente: nos levantamos a las 7am, poco rato después ya estamos haciendo nuestra “caminata en patas por la playa” de algo más de una hora, protegidos del sol que aun temprano pica lindo.

A esas horas el mar está retraído, de un color azul plateado, con zonas desdibujadas de la arena blanca y finísima.

Nos animamos con charlas variadas mientras saludamos alternativamente con buongiorno o good morning o jambo! Otros caminan como nosotros y algunos parecen haber dormido toda la noche allí, porque el día anterior los cruzamos en el mismo lugar y nos ofrecieron la misma baratija. No obstante, no hay la menor sensación de acoso en esos vendedores y buscavidas. Do you want to make a tour? Would you like kite-surfing?, y no mucho más.

Alrededor de las 9am estamos devorándonos un desayuno suculento, con jugos, frutas, panes, quesos y huevos. Estamos siguiendo el consejo de desayunar como reyes y, la verdad sea dicha, sienta muy bien.

Antes, ya pedimos un par de toallas de playa para reservar unas buenas poltronas bajo árboles y gran sombrilla. Allí nos pasaremos el día… ¡entero!, hasta las 5pm (el primer día), las 4.30pm (el segundo)… Cada tanto un chapuzón al mar, una vuelta a sacar algunas fotos, como éstas:

y otra a chusmear las pinturas y las artesanías. De vuelta a la poltrona, nos sumergimos en ese placer esquivo durante el año: ¡la lectura de “algo” que no sea derecho o los diarios!

Devoré Patria, de Fernando Aramburu. El ritmo de ese libro es magnífico; la trama, cruda e intrigante, una más sobre las grietas de nuestros países. Quizá se puedan criticar algunas perspectivas del autor, ¡pero qué bien escrito, cuánta invitación a pensar y qué atrapante! Feliz.

Mario terminó a su Nobel egipcio, sin tanto entusiasmo, y ya se zambulló en una de Ken Follet. A gatas si hablamos.

Por mi parte, me decidí —¡ay! qué pena que no antes, pero tampoco es tan tarde— por una crónica de un reportero polaco sobre sus múltiples y apasionantes viajes a África, desde fines de la década del ’50 (Ryszard Kapuscinski, Ébano). Estoy fascinada no solo por el relato de sus vivencias, sino por la explicación que encuentro a algunas cosas que no entendía o los huecos que llena de la historia relativamente reciente y trágica de estos países africanos: demarcados arbitrariamente por las potencias europeas a fines del s. XIX (Carta de Berlín), el movimiento independentista los liberó del poder colonial pero balcanizó sus luchas intestinas, reabriendo heridas entre tribus enemigas y artificialmente unidas. Los conflictos armados (aunque en algunos casos fuera a machetazos o piedradas) no se hicieron esperar. Lo propio en aquellos países en que se habían establecido grupos de comerciantes extranjeros, árabes, indios o paquistaníes.

Así que a la euforia por la libertad —que no trajo todas las promesas de bienestar y que, en algunos casos, se limitó a cambiar una élite extranjera por otra local (tan parasitaria y bon vivant como la primera, y encima corrupta y violenta con sus propios congéneres)— le sucederían las guerras fratricidas y la tradición de los golpes de estado… en medio de la guerra fría. Y por si todo esto fuera poco, el hambre. ¡Qué buen libro! ¡Qué interesante poder leer esto justo ahora!

Las crónicas son muy variadas y van desde los episodios históricamente importantes, motivo de sus reportes internacionales, hasta detalles de su vida cotidiana en estos países.

Algo que nos llamó mucho la atención en Lamu, pero que luego de leer esto veríamos reflejado en otras ciudades o pueblos a la vera de la ruta, fue la “vida” en las calles. Esa sensación de que “está todo el mundo afuera”, todos “viviendo” en la calle. Y cierto, tampoco es tan difícil de imaginar. Las clases pobres —y aun las no tanto— viven en casas diminutas, de barro, sin contrapiso, sin ventanas o con algunas muy pequeñas, sin ventilación. El calor y los olores han de ser intolerables allí adentro, así que apenas sirven de refugio de los bichos u otros peligros mayores o de las inclemencias de la lluvia para poder dormir, sobre esteras, claro.

El poder adquisitivo y la importancia social se miden en metros cuadrados de las casas, en alto de los techos y, sobre todo, en aplicación de legendarias tecnologías sobre la circulación del aire y la retención de las temperaturas agradables. La persona más importante descansa en la habitación más ventilada y fresca.

No sorprende, entonces, que las mujeres cocinen, cosan, vendan, hablen y laven afuera: en “eso” que queda entre la casa y la otra casa, o la casa y la ruta; obviamente no hay veredas. Nadie quiere entrar a una casa durante todo el día.

Otra cosa interesante es la aparición tan tardía de la rueda en África subsahariana. En las zonas rurales casi no arrastran y cargan cosas en carros. Lo habitual es ver a las personas caminando (son grandes caminadores: a la escuela, al trabajo, a la búsqueda de “algo”) y particularmente a las mujeres, niños y jóvenes, cargadísimos (bebés a cuesta, palanganas en la cabeza, con ropa o mercaderías, un bolso en cada mano). Los caballos y los camellos no entraron, diezmados por la mosca tse tse. Así que toda esta zona fue, hasta entrado el siglo XX, puro “senderos”, sin rutas y sin vehículos de cualquier tipo. Por lo demás, el “senderismo” explica también esa imagen del africano caminando en fila india, y su mutismo (en fila india no se puede hablar).

En general, las ciudades más desarrolladas están en la costa. El colonizador no se animaba a adentrarse en un continente cuya imagen era la de animales salvajes que lo deglutirían o las enfermedades y pestes que le darían muerte fulminante. Se sentía más seguro con sus barcos pertrechados (el africano apenas si podía armar una canoa) y con los fuertes que podía construir en la costa.

Fue así que el interior quedó “desatendido” y, luego, comparativamente deshabitado, con la venta de esclavos y las sucesivas epidemias fatales.

Aunque es muy claro que no hay una “África” ni algo así como el “ser africano” (al menos, conglobante de todo el continente), la organización social sigue patrones más o menos parecidos, y lo que leo ahora coincide con la rudimentaria explicación de la visita al pueblo masai. La sociedad es colectivista, el núcleo fundamental es la familia que, junto con otras familias extensas (abuelos, primos, sobrinos, en varios grados) forman el clan. El clan tiene un jefe y un consejo de mayores, que puede quitarle tal carácter. Entre los miembros del clan rige un riguroso tabú de incesto, severamente castigado en caso de ruptura. Varios clanes forman una tribu, que ahora tiene un rey y otro consejo de mayores. Es en esta estructura social y entre clanes donde se suceden los conflictos, a los que las armas occidentales han añadido atrocidad.

El drama de la esclavitud, con un estimado de 60 millones de negros vendidos a Europa y todas las Américas, permea gran parte de la cultura, de los hábitos sociales y sobre todo de la psicología de estos pueblos. El karma de la “raza inferior” es algo que pervive desde lo más profundo de sus sentimientos. Es interesante hacer coincidir el nacimiento del espíritu independentista con el fin de la II Guerra, momento en que el negro africano vio, por primera vez, a un “par” blanco del ejército británico o francés o alemán, denigrado, vencido, muerto, muerto de miedo, escuálido de hambre y frío… vulnerable. ¿No era que eran superiores? La imagen del europeo en África se desplomó.

Bueno… en esas ando, leyendo crónicas y experiencias interesantísimas que vienen muy a cuento de lo que estamos viviendo.

El primer día completo aquí (el jueves 17), no nos movimos del resort. Playa, poltrona, playa, poltrona… ducha, cena. La comida del restaurante es magnífica y accesible (diría que con precios internacionalmente muy acomodados, para el lugar, la calidad de la comida, la atención, etcétera). La segunda noche Mario repitió pulpo grillado y yo comí una pasta (cuyo nombre no puedo repetir, obviamente en italiano) con langosta, cangrejo, langostino…¡no faltaba ninguno!

Al día siguiente decidimos “salir” al pueblo de Watamu. A eso de las 5.30pm nos pedimos un tuk tuk y allá fuimos

El pueblito es mínimo, pero muy animado. Lleno de boliches de ventas de souveniers, vituallas, restaurantes italianos, heladerías ídem, casino, bares, discos.

Compramos un par de chucherías, hicimos tiempo hasta las 7.45pm aprox y nos decidimos por la Hosteria Romana, con buena reputación en Tripadvisor. Estábamos decididos a comer pizza, pero el plato del día (gnocchi with crab sauce) nos tentó, así que fue uno y uno, compartidos para probar todo 😉  ¡Cómo serían las ganas que solo después de comer más de la mitad de los platos caímos en la cuenta que no habíamos cedido en nuestra nada refinada tentación de sacarles fotos…! 🙁

Poco después de las 11pm nos vence el sueño, felices con la rutina de playa.

Hoy sábado la repetimos, todo el día en Kobe. Tenemos la sospecha que las playas por venir no serán tan paradisíacas como ésta (sobre todo, la posibilidad de largas caminatas), así que decidimos aprovecharla al máximo.

Estoy escribiendo en un lugar sí que privilegiado

y más allá juegan los niños en la playa,

los kitesurfers se divierten con sus piruetas,

corre una brisa sensacional y nos dimos varios baños de mar sin comparación.

Felices 🙂

11 comentarios sobre “Watamu (II)”

  1. Qué belleza Andrea, qué maravilla el color de la arena y del agua. Me encanta. Qué bueno que lo estén disfrutando tanto.
    Besos y buenos brindis

  2. Que maravilla la playa !!!!!
    La rutina df caminatas y lectura incomparable!!!!!!
    Sigan disfrutando y relatando tanta belleza africana!!!!!
    Besosssssss mil

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