Últimos días en Bangkok

26FEB2016

En nuestro penúltimo día en Bangkok no podían faltar dos clásicos: una recorrida por el mayor mercado de falsificaciones (MBK, estación de skytrain National Stadium) y el barrio Banglamphu en el que se encuentra la calle Khao San, «full of atmosphere».

En el MBK conseguimos baterías de segundas marcas que nos habían pedido para las cámaras, cambiamos protectores de pantalla de los celulares… El resto, nada resulta muy atractivo. Por nuestra parte seguimos con la apatía general de compras en los viajes y -salvo algún trapo muy puntual, el último chiche de gastronomía que no tenemos o  un condimento típico para cocinar- difícilmente nos tentemos.

 

A media cuadra del hotel había un outlet de Crocs; ilusa, pensé que me iba a llevar el negocio entero… ¡No me pude comprar ni una guillermina! No solo no había mucho para elegir, sino que faltaban números y no eran nada baratas (u$s 40).

Descansamos un rato en el hotel y partimos en el ferry hacia el barrio Banglamphu, parada 13 Phra Athit. La zona tiene «toda la onda», mochilera, hipponga… mucha artesanía, música en vivo, masajes, comida vegetariana… Está el turista que para aquí y el que viene a ver a los que paran aquí.

 

Alrededor de este pequeño enclave, grandes avenidas y monumentos, como el Monumento a la Democracia (1932, conmemoración del paso a una monarquía constitucional)

 

o el Monte Dorado:

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Cenamos aquí en el barrio y nos volvimos en tuk-tuk, siempre una experiencia fascinante.

 

 

27FEB2016

Anticipándonos a lo que suele ser un brote de ansiedad previo al retorno, decidimos contratar una excursión de día completo. Queríamos ir a otro de los must see en Bangkok, un «mercado flotante», y aprovechamos para combinar con una visita al mítico «Puente sobre el río Kwai», famoso por la película de la década del ’50 y su musiquita. Por supuesto, la historia detrás del «puente del ferrocarril de la muerte» era también convocante.

Nos pasaron a buscar con puntualidad inglesa a las 6.30am. Éramos los primeros y habríamos de pasar a buscar a un grupo bien diverso. El guía era amable y voluntarioso y le entendíamos algo más.

Los mercados flotantes están en las afueras de Bangkok y se alojan en la miríada de canales y ríos que desembocan en el mar. El que visitamos es uno de los más antiguos, Damnoen Saduak, a unos 80km de Bangkok y a 20′ de la desembocadura de ese río en el Golfo de Tailandia.

Primero nos subieron en un bote delgadísimo (entrábamos solo Mario y yo, sentados sobre una tabla prácticamente sobre la base); íbamos unos 10.  El lugar parecía una Venecia del sudeste asiático… casas y pequeños comercios flanqueando las márgenes.

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Llegamos a una plataforma sobre la cual hay cantidad de puestos de venta (básicamente, ropa, souvenirs, comida) que abastecen a las embarcaciones que, a su turno, también son puestos de venta. Los botes, ahora, pasaban entre esos vendedores y en eso consistía la atracción… muy pero muy linda, pintoresca, colorida y ruidosa. Vale la pena llegarse hasta acá para conocer esto tan característico de la zona.

 

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Lo que siguió  de la mañana fue totalmente prescindible (un rato en otro «establo» de elefantes… y van…, aunque siempre sea lindo verlos… no así «disfrazados» para montar humanos). En este momento y ya cerca del mediodía, nos redistribuyeron: algunos volvían a Bangkok, otros hacían no-sé-qué de cocodrilos, otros íbamos a Kanchanaburi, teóricamente a visitar el famoso puente, un museo de la II Guerra Mundial y un cementerio de víctimas de la misma guerra. Previo a todo eso, almuerzo.

El almuerzo fue ya en Kanchanaburi, casi una hora después (estábamos todavía más hacia el sudoeste de Bangkok). El grupo era mucho más interesante que los anteriores, se notaba un interés «adicional» (un cacho de cultura, bah…) en este colectivo: un profesor de sociología e historia de «un pequeño país africano del tamaño de Singapur y en el que se habla francés» (el señor era descendiente de indios, pero nativo de esa isla; de las dos o tres veces que lo mencionó, ninguno pudo discernir el nombre del país… sin palabras), un joven berlinés, una pareja de chinos (Shanghai), y seis mujeres jóvenes pertenecientes a una ONG dedicada a los niños, estaban en Bangkok por un training (una vietnamita, una paquistaní, una hondureña y las otras tres, God knows, ¡de por esta zona!).

La verdad es que las conversaciones empezaron a tener otro interés y lo pasábamos realmente bien. La cosa se puso oscura cuando llegamos al «museo» y nos enteramos que al cementerio no íbamos y que teníamos más de dos horas allí… que una parte del grupo, mientras tanto, seguía hasta no-sabemos-qué-cueva llamada «Tiger Temple» y que despues nos venían a buscar para retornar a Bangkok…

El museo era un monumento al kitsch (ya advertido por LP)… imposible describir el verdadero bodrio que era ese lugar. «Esculturas» de Hitler, Mussolini, De Gaulle, Churchill… no precisamente salidas del Madame Tussauds (que tampoco nos gustan, pero bué…), representaciones de prisioneros de guerra construyendo la vía del ferrocarril, todo grotesco.

 

Lo único que nos quedaba era tratar de relajarnos, recorrer el puente (hicimos allí varias fotos)

 

 

y sentarnos a leer historia: historia de los japoneses construyendo ese puente para abastecimiento entre Birmania y la Tailandia ocupada en la II Guerra, casi 100.000 muertos en semejante aventura, bombardeo aliado al puente, reconstrucción, nuevo bombardeo, nueva reconstrucción a cargo de los ingleses y un largo etcétera.

[Lamento no poder repetir toda la historia, es bien interesante]

También nos pusimos a repasar lo que teníamos de la historia de Tailandia a partir del reino instalado en Bangkok, o sea, la actual dinastía de los Rama, 1782. Leído ahora, nos daba mejores pistas de por qué no fueron colonia (el rey siempre se las arreglaba para comerciar y beneficiar ampliamente a las potencias europeas, pero sin caer -al menos formalmente- en la sujeción colonial), el paulatino pero inexorable proceso de occidentalización, la transformación del budismo a un peculiar modo tailandés que lo privaba de elementos muy irracionales, la declaración de guerra a los aliados que nunca se entregó, el radical anticomunismo y la alianza con EE.UU. en la guerra fría, las bases de EE.UU. en la guerra contra Vietnam, el terrorismo aislado del sur (a veces expresión de nacionalismo, a veces de islamismo extremista y a veces mezclado), el drama del narcotráfico y la corrupción, el boom y posterior caída de la economía en el marco de los «tigres asiáticos»  y, fundamental, el fortísimo militarismo del s. XX, en el que hubo casi una veintena de golpes de estado… pero el rey siempre está.

Hablando después con el «profesor», nos apuntaba su opinión: ve un pueblo contento, limpio, alimentado, «feliz y consumiendo»; una sociedad homogénea en virtud de una unidad religiosa (budismo) y política (rey) que, además, se retroalimentan (el rey es representación de la divinidad en la tierra). Esos factores aceleran procesos de desarrollo… «o lo hace Dios o lo hace el garrote» (China).

En fin, quizá salvamos la última parte del tour con nuestra iniciativa y esta feliz compañía. Regresamos a Bangkok para nuestra cena «de clausura», en un coqueto restó cerquita del hotel.

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Tal vez podríamos concluir esto del viaje: si la idea es hacer un viaje de descanso (playa) mezclado con un poco de recorrido y atractivos culturales, bien vale Tailandia. En lo personal, estamos arrepentidos de no haber agregado Myanmar/Birmania. Dificilmente volvamos para estos lados y bien podríamos haber destinado unos días a ese pais.

Si el principal objetivo del viaje es conocer y sumar highlights, nuestro consejo sería juntar Tailandia con otro circuito (Myanmar, Camboya, Vietnam, Laos, Singapur… algo).

En nuestro caso, bien vino el descanso… tan necesario 🙂

 

 

 

 

 

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