Los días en Phi Phi

16/17/18FEB2016

Va una entrada bien light, llena de fotos.

Aunque ya estamos a punto de partir, en estos tres días nos hicimos una pequeña rutina: levantarnos muy temprano (6am),

 

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caminar por la playa y un sendero que va hasta un pequeño villorio,

 

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desayunar (además del bufet, preparan delicias… estoy irreconocible, ¡comida india!¡arroz frito con cangrejo a la mañana!, no lo comenten…),

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ir a la playa (lo que incluye literatura y baños de mar… una delicia). Mario acaba de terminar «La ley del menor» (de Ian McEwan), fas-ci-na-do, se lo devoró. Yo estoy con mi primera incursión en Roberto Bolaño, «Los detectives salvajes», atrapadísima y haciéndole frente al largo aliento (voy leyendo duro, recién el 53% según marca mi Kindle; tengo para un rato).

 

Al mediodía a la cabaña (el sol es fortísimo), entonces yo escribo, bajo fotos… y Mario sigue leyendo o descansando. A las 4pm preparo mate y de vuelta a la playa, hasta las 6.30pm aprox.

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A las 8.30pm, cena en el restó del hotel, sobre la playa…

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NADA MAL.

 

En general, y salvo el solazo del mediodía, el clima es muy agradable. Por las tardecitas y noches corre una brisa reconfortante…

¿Será que hay algo que no guste? Dos cosas:

1) La peor, la reverberación de los bajos de los parlantes, 24 horas ininterrumpidas, en una «Villa gitana» (sector de nativos, con barcitos, restaurantes y puestos para actividades náuticas) a unos 70/100m del hotel sobre la playa.

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Cuando la primera noche nos fuimos a dormir con ese ruido y a la mañana siguiente nos despertamos otra vez con lo mismo, no lo podíamos creer… Desde luego, Mario fue a preguntar/quejarse… Dijeron que lo lamentaban mucho, que había un casamiento y que probablemente durara un par de días. Pensamos que era una broma, pero no… Había el casamiento y efectivamente esta gente bailó mañana, tarde, noche, madrugada… ¿Cuándo duermen?

En fin… Y en vistas de lo ya ocurrido en otros lugares de este viaje, parece que se trata de un signo de los tiempos. Para no hablar de quien se tira en la arena y, antes del bronceador, saca su propio «personal loudspeaker» que, maravillas de la tecnología mediante, reproduce un volumen propio de un recital en un estadio en un pequeño adminículo de 10cmx20cm… Delicias hi-tec.

Todo hay que decirlo… El último día no tuvimos la musiquita, bien por Zeavola 😉

2) Los mosquitos… Estamos en medio de una selva con una temperatura de verano todo el año… Qué se le va a hacer. La primera tarde en que estuvimos aquí pasó un pequeño tractor fumigando con un humo denso. En todas las habitaciones hay repelente y parte de la preparación de la habitación para la noche es tirar insecticida. Desde ya, en todas hay esto, prendido las 24 horas:

 

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Con todo eso para conjurar las picaduras, la cosa no es tan grave.

 

Y, para terminar, unas fotos para cosquillita nerviosa…

 

PHI PHI, imperdible

 

Y llegó Phi Phi…

 

 

15FEB2016

¡Feliz cumple Flor! Te recordamos desde muy temprano, a las 6.15am, cuando bajamos a desayunar y todavía no habías cumplido años en Argentina. 😉

La combi de Andaman Wavemaster nos pasó a buscar un tanto retrasada, pero llegamos lo más bien. Ya apenas subimos nos hicieron un upgrade al sector «premium» (habíamos comprado «first class», la categoría intermedia, y había una «standard»). Aparentemente, nuestro sector estaba sobrevendido.

El viaje duró unas tres horas largas, el barco se mueve un poco (nada grave) y, eso sí, quienes salían a cubierta tenían momentos de grandes salpicadas de agua… Agua azul, azul profundo y cada vez que pasábamos cerca de unas rocas o islas, el degradé hacia el esmeralda y el contraste con la piedra gris profundo, alguna vegetación verde o un poco de arena blanca preanunciaba un paisaje de sueño.

 

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La primera parada es en la parte más poblada y animada de Phi Phi: Ao Ton Sai, aparentemente, la que también sufrió de manera más violenta los estragos del tsunami de 2004.

[Recordamos, simplemente, que el tsunami ocurrió el 26 de diciembre de 2004, a raíz de un terremoto de 9.3. En Tailandia golpeó el litoral del Mar de Andamán (al oeste, parte del Océano Índico; la costa este corresponde al «Golfo de Tailandia, parte del Mar de la China Meridional y no sufrió daño alguno por el tsunami). Sólo en este país se confirmaron 5000 muertes]

En esta parada se bajó la mayoría de la gente. El resto, continuábamos a los distintos resorts de Hat Laem Thong.

No más llegar, bajamos y nos aseguramos de que también bajaran nuestras valijas. Personal del Zeavola Resort nos estaba esperando, listos para cargar con el equipaje nuestro y de otra pareja (un yanqui hijo de salvadoreño y neoyorquina y una eslovaca, ambos residentes de Kuala Lumpur).

Zeavola cumple con todas las promesas (o casi, luego volveremos) de Sebastián Taleb cuando le dijo a Mario que «se la jugara… 15 años de casados, el lugar para celebrarlo» ;), con la página web y con las calificaciones de Tripadvisor: paradise on earth.

El que tenga curiosidad, googlee… Van a ir algunas fotos. Solo podemos decir que nunca estuvimos en un hotel igual, en medio de la selva, al lado del mar, con un clima entre agradable y caluroso (al mediodía el sol pega brutalmente en la playa) y con un confort relajado, que en modo alguno sentimos como «lujo» (más allá de que, de hecho, lo sea), suponemos que por la estética tailandesa (todo madera teca, todo muy zen… puro relajación). Cada detalle está cuidado. La habitación/cabaña/»village» tiene 60m2 y está dividida en tres partes, una de ellas (el dormitorio propiamente dicho) es la única que está totalmente cerrada (una pared de teca y tres de vidrio); el resto, todo «abierto», incluido el baño y el área del lavatorio, una pequeña terracita.

 

Para lectores preocupados por el bolsillo, efectivamente ha de ser el hotel más caro que pagamos en la vida (y tenemos bien ganada fama de un poco pijoteros, con lo cual tampoco hace falta mucho…), pero luego acá todo es muy razonable: anoche cenamos en el restaurante del hotel, sobre la playa… un sueño… dos platos principales de cocina thai (ambos con mariscos deliciosos), dos cervezas grandes y un «mojito de maracujá» de postre, por el equivalente a u$s 35 (incluye el 10% de servicio)… O sea… Casi inverosímil comparado con cualquier destino europeo. Ni qué hablar de la costa argentina 😉

[Para mis amigos enófilos, que son muchos, el vino más barato en el restaurante del hotel es australiano y cuesta u$s 45; el más barato argentino («Portillo», de Salentein), u$s 58  ¡¿¿??! Olvídenlo… Salvo las felices excepciones en Italia, España o Alemania, quizá Francia, no tomamos vino… Caro lo más barato y, en general, malo.]

Como decíamos antes, nos guardamos este día tan especial y agridulce para la intimidad. Escribo esto al día siguiente, ya mejor.

Que hablen las fotos.

Phuket

14FEB2016

[Escribo esto casi en el paraíso… Phi Phi, pero la introducción ha sido repensada varias veces… Cuando llegamos ayer lunes 15 al mediodía aquí, las chicas nos estaban buscando…  Nos dio mala espina y, efectivamente, los malos presagios se confirmaron: murió el tío de Mario, Titi, hacía ya varios días. Las emociones, la generosidad del primo Claudio y el cuidado de las Chancles Chaumet, nos lo guardamos todo para nuestra intimidad. Estamos bien y el tío querido, después de tanto tanto sufrimiento, seguramente en paz]

 

Empecemos por el final: qué feo Phuket, particularmente lo que podría llamarse el downtown, la zona del puerto, de pocas plazas, los edificios públicos y los bancos. O sea, no las «playas» de Phuket, para lo cual volveremos en unos días.

¿Y entonces por qué el centro de Phuket? Para combinar cómodamente el traslado a Ko Phi Phi, la isla paradisíaca de la región, mundialmente conocida por haber sido la locación de la película «La playa», con Leonardo Di Caprio. A poco que uno advierte la poca frecuencia de los traslados a la isla y los avatares que siempre pueden tener los vuelos, advierte que es una locura «jugarse» a un arribo al aeropuerto de Phuket y conexión inmediata por ferry a  Phi Phi.

El vuelo Chiang Mai-Phuket fue muy tranquilo y duró unas dos horas. Ya en Phuket nos subimos a un «Airport Bus» (una combi) que va al centro de Phuket por una suma fija (THB 100). Tuvimos un rato de espera arriba de la combi hasta que partió y un muchacho colombiano jamás imaginó que hablábamos español… Garrón escucharle por teléfono todas sus aventuras sexuales con unas «viejecitas» y no parar de escucharle el «marica», «marica», «marica», «marica»… al amigo, del mismo modo que un joven argentino repetiría todo el tiempo «bol…». Cuando cayó en la cuenta, terminó pidiéndome disculpas color bordó :0)

El hotel –Royal Phuket City– era realmente malo, MUY venido abajo, pero sospechamos que en la zona han de ser todos iguales…

Nuestra principal preocupación era cómo llegar a Phi Phi (mejor: al hotel en Phi Phi) al día siguiente. Era para lo único que estábamos allí ese día. Llamamos por teléfono al Zeavola Resort y las opciones eran un speed boat carísimo del propio hotel o el «public ferry». El personal del Zeavola nos instruyó sobre la compañía que nos dejaría mejor (el hotel está en una zona alejada de la isla, no accesible a pie desde la playa más concurrida, puesto que en realidad son dos islas separadas por un estrecho istmo y nosotros vamos a la más retirada), la «Adamanan Wavemaster» (capítulo aparte merecería la conversación telefónica thai-english…).

Buscamos la compañía en internet, constatamos que era una opción mucho más conveniente (aun viajando en «primera clase» y ahorrando con el round trip), copiamos la dirección en un papel y preguntamos en la recepción cómo llegar. Eran alrededor de las 3pm, creo, y la caminata bajo el sol se sentía… ¡Qué cambio de temperatura con el norte y aun con Bangkok!

Luego de un par de vueltas y de preguntas complicadas, desolados por la constatación de que era ¡domingo!, ya pensando que tendríamos que ir al puerto o intentar una reserva por internet, finalmente llegamos… ¡No era tan lejos! Estaba abierto y todo era «favorable»: el servicio incluía el transfer desde el hotel en el que parábamos y hasta el hotel al que íbamos; la vuelta también incluía el traslado al nuevo hotel de Patong (una playa de Phuket) donde nos alojaremos a la vuelta. Sensacional, todo resuelto.

El calor era agobiante y, en Phuket, poco para hacer. Caminamos en dirección a un centro comercial en busca de aire acondicionado. Nos tomamos un licuado de mango y un té verde con limón helado (ambos, deliciosos), recorrimos un poco y compramos unas masitas para los mates en la playa… También repuse castañas de cajú y mango disecado, una delicia 😉

De vuelta en el hotel, me senté a escribir y a eso de las 7.30pm pasadas partimos por la calle del hotel en busca de un restaurante recomendado por la LP y que nunca encontramos. Sin embargo, la salida nos mejoró sensiblemente el humor (en el hotel no funcionaba nada: nos habían tenido que cambiar de habitación por un charco inmenso de agua del acondicionador de aire, la conexión de internet era flojísima y la caja de seguridad sin batería…). Decía que nos cambió el humor porque finalmente encontramos los vestigios de arquitectura chino-portuguesa que presagiaba LP -si no, miren esto-

la calle se transformaba en peatonal y era el típico domingo a la tardecita/noche de un barrio chino: los faroles, las comidas callejeras, los bailes, el karaoke, multitudes de gente pasándola bien… Excelente ambiente popular.

Terminamos cenando en un bar en el que abundaban los televisores con el partido del Arsenal y Leicester… Locales y turistas fanatizados por igual, disfrutando de ricas comidas y tomando algo.

Buen final del día…

 

Chiang Rai

 

 13FEB2016

[Escribo esto el 14, en Phuket, en tránsito hacia Phi Phi]

El tour del día a Chiang Rai fue un verdadero acierto. De haberlo hecho p0r las nuestras, no habríamos conocido ni una pequeña parte de los lugares a los que finalmente fuimos. Sucede que un bus regular nos hubiera dejado en el centro de Chiang Rai (que, directamente, no se visita); el famoso «Templo blanco» está a 13km al sur de Chiang Rai y el «Triángulo de Oro» a unos bastantes más al norte. Entre averiguaciones, regateos y traslados, nos hubiéramos quedado con las ganas…

Ni qué hablar del precio, más que conveniente (THB 1200 por toda la excursión, incluido almuerzo, visita a las «tribus», paseo en barco por el Mekong, etc.).

A las 7.30am nos pasaron a buscar por el hotel. Éramos 13 en una combi: 1 inglés, 4 singaporeanos (¿así se dice?, no me suena… y esta conexión es tan mala que ni quiero gastarme en buscar en la web), 2 turcos, 4 belgas y nosotros.

El guía se llamaba Mit y su inglés era particularmente malo, empeorado sensiblemente por la falta de varios de sus dientes (sí, la dentadura de muchos deja bastante que desear… la salud pública no es en todas partes igual…).

Apenas salimos, Mit nos hizo una rápida enumeración de lo que haríamos hasta las 9.30pm, hora prevista para el retorno a los respectivos hoteles.

Por suerte, nos tocó una buena ubicación en la combi (primera fila atrás de chofer y guía, yo al lado del muchacho inglés… que no pararía de ir al baño y tomar pastillas contra la diarrea, o así leí, mientras se bajaba latas y latas de coca cola y comía papas fritas o el almuerzo completo… :o)

Apenas empezado el viaje, el chofer colgó un ¿amuleto? de flores naturales y realizó algún tipo de invocación religiosa:

 

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Gracias a los dioses o no, manejó muy diestramente, sobre todo teniendo en cuenta el tránsito endemoniado que había y las curvas y contracurvas durante todo el camino. Algunos tramos eran del tipo «autovía»; otros, carriles simples que, cada tanto y en zonas muy empinadas, se habrían a dos carriles por mano. Muy muy buen estado, en general. Aparentemente, es una zona en la que tailandeses muy adinerados han invertido especulando con una explosión de turismo y de radicación de otras actividades.

Luego de una parada «técnica» intermedia  (bizarra, muy bizarra… con «hotsprings» -chorro de agua caliente- incluidas), llegamos a la primera atracción del tour: Wat Rong Khun, más conocido como  «Templo Blanco». La construcción comenzó en 1997, por obra y arte de un famoso pintor tailandés devenido arquitecto. Aparentemente de origen humilde y budista muy religioso, Chalermchai Kositpipat  quiso devolver al pueblo tailandés algo de su reconocimiento y dinero y ésta fue su manera: un templo blanco, para purificar el alma.

[Todavía no encuentro la manera segura de insertar una url para link directo, sobre todo con la «maldita» iPad y el «bendito» touch en la pantalla… Termino arruinándolo todo, así que va así: https://en.m.wikipedia.org/wiki/Chalermchai_Kositpipat]

Según lo poco que aportaba el guía y lo que leimos en LP e internet, el templo es por demás polémico: al blanco níveo y destellante por las incrustaciones de espejo,

hay que agregar esculturas sugerentes y no habituales para el budismo tradicional (expresarían el deseo de acceder a la santidad del wat)

 

para no hablar de las pinturas interiores del templo, que está prohibido fotografiar, pero que juntan las Torres Gemelas voladas, con Superman, Spiderman, cohetes dirigidos al espacio, etcétera. Ya afuera, la escultura de la saga de Starwar (¡perdón…. soy una de las injustificables que no vio ni una sola…!)  invita a fotografiarse y a comentar, en el latín actual, «forget about Buda»… ¿O será la única y agónica manera de atraer a las nuevas generaciones a Buda? ¿Cuán exitosa será la estrategia?

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Al templo se ingresa por un puente, símbolo del deseo de llegar al cielo:

Arriba, en la entrada, nos encontramos con la pareja catalana. ¡Nos dio mucho gusto verlos, entre tanta gente desconocida!

Seguimos el recorrido por exposiciones de pinturas del autor (bastante new age por cierto) y nos juntamos otra vez con el grupo.

Más allá de la polémica, debemos decir que nos encantó y que fue uno de los momentos que recomendaríamos y repetiríamos de este tour: moderno, distinto, provocador, estéticamente impactante (el blanco es enceguecedor pero resplandeciente y sumamente atractivo). Nuestro voto es positivo 😉

 

La segunda escala fue, para nuestro gusto, un tanto bochornosa… Eso de ir a ver seres humanos, «expuestos» para que veamos sus trajes, su modo de vida, su producción, y que les regateemos la compra de alguna artesanía, nos pone un tanto bastante incómodos… No obstante, allí estábamos, viendo a las tribus long neck, con la belleza de sus cuellos largos y sus collares…

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y constatando que aquí también, la técnica y el capital  arrasan con la topadora (¿será que es lo que todos queremos…  energía, confort, conexión, comunicación?)

 

Ya otra vez en el bus,  y dirigiéndonos hacia Chiang Rai (a la que solo circunvalaríamos), Mit intentó explicar algo de su historia. Contrastado lo poco que le entendimos de lo poco que dijo con lo también poco que hay en LP, podemos sintetizar lo que sigue:

Aparentemente, una de las primeras regiones agrícolas de la humanidad (4000aC) fue la del norte de Tailandia (junto con las regiones adyacentes). Ahí se sucedieron diversas tribus, con sus principados y reinos, y los thai habrían emigrado de China allá por el s. VII.

Chiang Rai fue fundada en el s. XIII, poco después de Sukhotai (ciudad a la que no iremos), considerada la capital del primer reino tailandés auténtico. Ambos pueblos se aliaron e imperaron hasta el s. XVI, en que ocurrió la ocupación birmana. En el s. XVIII Chiang Rai recuperó su independencia de la mano del rey de Bangkok, momento en que se unen el norte y el sur, no sin marchas y contramarchas para, efectivamente, consolidar esa unidad y «salvaguardarse mejor de la amenaza colonialista». Ésta es la única referencia de LP al tema y sobre lo que querríamos saber más… ¿Es cierto que fueron el único territorio del sudeste asiático que no cayó bajo el colonialismo europeo de la época? ¿Por qué? ¿Y qué de la cantidad de compañías extranjeras (vgr., llegada del ferrocarril a Chiang Mai en 1921)? ¿Ése fue el acuerdo? Ya tendremos más tiempo de estudiar.

Lo cierto es que la zona terminó de rematar su fama a mediados del s. XX con la producción y tráfico de opio… Toda una historia de exiliados del Kuomintang de China, hacia Myanmar; echados de ese país, recalaron en el norte de Tailandia con estatus de refugiados para reproducir su vieja vida china en las montañas. La integración fue difícil a partir de la persistencia de esas familias con el comercio del opio, bajo la protección de su «caudillo» Khun Sa y un ejército propio. Las montañas impedían el acceso de las autoridades tailandesas («en principio», contrarias a este comercio) y el resto es historia conocida: «bienestar social» de las familias y pueblos circundantes, protección militar, dificultad de controles en una triple frontera (Myanmar, Tailandia y Laos, en la confluencia del Ruak y el Mekong), corrupción y un dinero que lo compra todo.

El proceso de erradicación del cultivo del opio en Tailandia vino de la mano de una fuerte intervención estatal (objetivo primordialmente seguido por la reina madre de Tailandia, en particular frente a la amenaza del tráfico de metamfetamina), consistente en fuertes incentivos económicos para la sustitución de cultivos (té, café, maíz y frutales).

El objetivo habría sido largamente cumplido y los cultivos, más escasos, habrían quedado en territorio de Myanmar. El «Triángulo de Oro» es, entonces, un poco de historia.

¿Qué es lo que se visita?

En primer lugar, la «frontera seca» entre Tailandia y Myanmar, el «punto más septentrional» del país… Una «Ciudad del Este» hecha y derecha, en todo sentido:

 

Después, continuamos hacia el punto de confluencia de los ríos Ruak y Mekong, triple frontera fluvial:

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Cruzamos en barco a Laos, donde la gente va a comprar porque es sensiblemente más barato (fue muy fácil reconocer las mercaderías de los mercados de Luang Prabang… cantidad de cosas «truchas», puro falsificación, más alcohol y tabaco).

Ya de vuelta a tierra y a Tailandia, emprendimos el retorno a Chiang Mai. A las 9.15pm estábamos en nuestro hotel. Agotados, apenas dejamos las cosas y salimos a cenar al Riverside  Bar&Restó (o sea, a escasos metros de nuestro hotel). Comimos un pescadito y, ¡a dormir! Final de un día fantástico, muy disfrutado.

 

 

Chiang Mai (ii)

12FEB2016

La mañana comenzó con una serie de vicisitudes propias de la indefinición acerca de qué hacer y cómo programar estos dos días en Chiang Mai: una parte de nosotros quería «agotar Chiang Mai» (y, entonces, no ir a Chiang Rai) y otra temía por «agotar rápidamente Chiang Mai» (y entonces qué hacer…).

Para peor, la-chica-a-la-que-le-entendemos-el-inglés venía recién a las 5pm; la persona a cargo no tenía idea de cómo asesorarnos… La Autoridad de Turismo de Tailandia quedaba cerca, así que allá fuimos. Lamentablemente, estaba a cargo de jóvenes inexpertos… Parecía que nunca hubieran estado en los lugares de los que hablaban :O   Apenas si sacamos un buen mapa y la sensación de que, efectivamente y a nuestro ritmo conocido, nos sobraría el tiempo.

Cortamos por lo sano: decidimos que todo Chiang Mai se haría en el día y contrataríamos una excursión de día completo a Chiang Rai. Ir por nuestra cuenta era muy complicado: las «atracciones» se encuentran en distintas direcciones desde el pueblo (lugar en que nos dejaría un bus que tarda 3h – 3 y 1/2h en llegar. Íbamos a perder más tiempo y dinero cambiando de transporte que aguantándonos la parte que no nos gusta de los tours. Mañana veremos cómo resulta.

Ya aliviados de la carga anímica del «qué hacemos», nos dispusimos a empezar el circuito a pie, «Templos del casco antiguo».

Quizá convenga saber que esta región refleja un riquísimo cruce de naturaleza y culturas, encuentro y desencuentro de chinos, laosianos, birmanos (o como se diga el gentilicio de Myanmar) y los propios tailandeses. La zona fue alternativamente territorio de predominio de alguno de ellos o de convivencia entre varios. Buena parte de la historia tiene que ver con el comercio (legal e ilegal, seda y opio, no necesariamente alineados)…  historias de caravanas, mística nacionalista vinculada con esta área, alta religiosidad budista (casi tantos templos como Bangkok, más de 300) y una naturaleza privilegiada: bosque subtropical, montañas, flores impresionantes y aves, cantidad de aves.

El casco antiguo se encuentra en un «foso» y todavía se advierten restos de la muralla que lo encerraba; otras partes se han reconstruido.

El recorrido apunta a visitar los muy variados wat o templos budistas, cada uno con su especial veneración a alguno o varios budas y con su singular estilo arquitectónico. Recorrimos unos cinco, mientras nos deteníamos en otros puntos destacados (la estatua de tres héroes de la historia de la región, el Centro de Arte y Cultura, distintas calles).

Aquí una muestra pequeña: Wat Chiang Man… mmm… nada especial, para nuestra (un tanto menguada) capacidad de asombro en estos templos:

Wat Phan Tao, impactante, todo de teca, probablemente el que más nos gustó:

 

 

Wat Chedi Luang, en realidad un conjunto de templos, con partes parcialmente en ruinas. Eso mismo le daba un carácter especial:

 

Y, para terminar el recorrido, Wat Phra Singh, pretendidamente «el  más visitado», por el buda que alberga. No nos resultó nada especial, pero…

Terminado el circuito (era aprox. la 1pm), y ahí mismo en la puerta de este mismo último templo, nos pusimos a buscar la manera de subir al Doi Suthep, una montaña a 16km al noroeste de Chiang Mai, con un impresionante templo en su cima (1676m), el Wat Phra That Doi Suthep.

Aparentemente el transporte más conveniente era el sawngtháew (o sea, impronunciable). Se trata de una especie de taxi compartido, hecho con una de esas chatitas, con dos asientos en los laterales y techo cubierto:

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(Un poco movida y cortada la foto, pero cuando cavilaba sobre cómo iba a describir esto, fue lo único que me vino a mano).

El sistema es a puro arreglo con el chofer. Uno lo para y, si coincide el destino/la dirección hacia donde va el taxi y cierra el precio, se sube. Cuantos más sean quienes se suban hacia el mismo destino, más baja la tarifa. Así que allí nos pusimos, a buscar compañeritos 😉

Pronto armamos un grupo de dos canadienses (dos chicas jóvenes de Toronto) y una pareja de barceloneses (e independentistas, joder 😉 ). Cerramos en THB 50 cada uno (luego, por la distancia y las comparaciones, advertiríamos que era regalado, más allá de la conveniencia general de precios).

Llegamos luego de pura charla intermediada por nosotros (la pareja tenía casi nula idea del inglés) y nos tomamos el cable carril (a esa altura de los esfuerzos y en el marco de nuestra cruel realidad etaria, 306 escalones empinados no eran opción). Ya arriba, el espectáculo era (o debiera ser) doble: las vistas de la ciudad (había un poco de niebla y/o smog, así que no teníamos un panorama limpio) y el templo, brillante a morir. Mejor dejar hablar a las fotos:

La vuelta empezó con un -a la postre, cuando caimos en la cuenta de que se trataba de centavos de dólar- patético regateo de nuestra parte (y sí, uno se envicia en estos lugares). Pagamos THB 40 hasta la Universidad de Chiang Mai (una parada intermedia) y otros THB 30 hasta dos cuadras del hotel. Ese trayecto demoró casi una hora… Interminables embotellamientos… Todavía celebramos no haber alquilado motitos… era una opción muy recomendada por las guías, también por LP, y creo que hubiera sido para el infarto.

(Todavía no conté que aquí manejan a «la inglesa», por la izquierda… Está dentro de los varios ítems a desarrollar en mis largas horas de playa 😉 … Sigo agendando )

Eran las 5pm cuando entramos a la habitación del hotel. Habíamos estado dando vuelta desde las 8.30am… Era momento de descansar un poco, pero jamás pensé que «moriríamos» un poco… Me desperté a las 7pm, entre mufada e incrédula… ¿»Eu», tan luego «eu» echándome a dormir una siesta a 10000km de casaaaaaaa? Qué odio… bueno, o no tanto, porque la seguimos hasta casi las 8pm, hora en que había que sí o sí ir a comer algo.

Optamos por -¡por favor!- no caminar… Cruzamos a los boliches ruidosos de enfrente, bellamente ubicados sobre el río. Una mesa en primera fila, rica «picada-un-tanto-picante» tailandesa, cerveza ídem («Singha») y a relajarse.

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Ahora, como diría mi abuela Carola, gira anima…

 

 

 

 

 

Chiang Mai (i)

11FEB2016

Qué día raro… en realidad, tan raro como suele ser un día «en tránsito», con vuelo incluido.

Anoche Mario tuvo la buena idea de preguntar en el hotel cuánto costaba un taxi hasta el aeropuerto y, en verdad, era nada comparado con la tranquilidad de llegar a horario, sin sobresaltos y sin los esfuerzos propios de cargar valijas con tres cambios de tren (THB 500 el viaje).

Volábamos por una low cost de Thai, Smile Thai, que no obstante nos dio agua mineral, una especie de sándwich y opción de jugos, gaseosas o café. Increíble.

En una hora estábamos en Chiang Mai, la segunda ciudad del país, en el norte, en la zona de frontera con Birmania. El aeropuerto era pequeño, buscamos nuestras valijas y nos encontramos con un taxi por precio fijo (THB 200), que se contrata en el aeropuerto y se paga al taxista. Gran sistema.

Ya cuando le entregaron el papel con el nombre del hotel a la chofer del taxi, me pareció verle la cara de no tener la menor idea… Por nuestra parte, el dato era que íbamos a un «hotel boutique», 13 habitaciones, ¡pet friendly!, bien ubicado para los recorridos por el casco antiguo de la ciudad. No era raro que la mujer no lo conociera.  Encima, era muy obvio que su inglés era limitadísimo… Rogando que, al menos, conociera el alfabeto occidental y cristiano, le extendí el voucher… ¡Me marcó un número con el dedo y me preguntó si era el teléfono! Ante mi «yes», se puso a marcar con el celular; quien la atendió en el hotel le dio las instrucciones y llegamos perfecto. Cómo cambiaron la vida esos aparatitos…

Efectivamente, el hotel es «boutique» (Ketama Stylish Hotel) y apenas llegamos constatamos la tolerancia con el reino animal: en el lobby había un corralito con dos perros, muy tranquilos entre almohadones y juguetes :0)

[Recién llegados no me animé a sacar la cámara… no pasa de mañana]

La arquitectura es bien «thai», con abundancia de madera teca y, por supuesto, detalles y materiales modernos:

Es verdaderamente muy bonito y confortable y, en efecto, bien ubicado.

Nos acomodamos un poco y al rato salimos hacia el centro histórico. Ya en el aeropuerto habíamos estado discutiendo las alternativas de visitas y actividades de estas tres noches en Chiang Mai. Mañana vamos a conversar un rato con la persona que nos recibió en el hotel (¡habla muy bien inglés! ¡le entendemos!) porque seguimos con dudas acerca de ir o no ir a Chiang Rai (para ver el sitio del «Triángulo de Oro», triple frontera entre Birmania/Myanmar, Laos y Tailandia, vieja ruta del opio y de la seda, además de un templo un tanto bizarro) o, en cambio, hacer unas excursiones por la montaña aquí en Chiang Mai. Veremos.

Por lo pronto, lo de hoy era puro «reconocimiento» y caminata libre. Cruzamos el río y, entonces mismo, empecé a sentir una pesadez terrible en las piernas y cansancio. Me comí una buena porción de mango callejero pero no hubo caso… cada vez me costaba más caminar. Como nos suele ocurrir, sin perjuicio de eso habíamos caminado bastante más de una hora. Se nos ocurrió que podíamos estrenar «masaje» (sí, los famosos masajes tailandeses) en un promocionado e insólito lugar: una cárcel de mujeres, en beneficio de ellas para cuando salgan de prisión. La meneada resocialización del reo, ¿no?

En verdad estaba muy ponderado; distintas guías y blogs lo recomendaban. Llegamos a las 5pm y el lugar cerraba… ¡a las 4.30pm! Maldición. Allí mismo nos recomendaron otro lugar a unos 80m, «de la misma clientela», a cargo de «ex presidiarias»… (¡la resocialización!, ¿no?) ¡Maravilloso! Llegamos y, zas, recién había turno para las 7.20pm. Indudablemente, no era nuestro día y esta gente tiene excelente fama y clientela.

Lo cierto es que seguimos recorriendo ad libitum la ciudad y me animó un templo precioso con el que nos topamos, muy bien conservado y con turistas «divertidos». Aunque sabíamos que al día siguiente haríamos nuestro «circuito guiado por LP», igual nos enganchamos con las fotos:

Continuábamos la caminata y nos llamó la atención el colorido de la decoración de un restaurante, muy cargado de rojo y -no obstante- armonioso, impactante. La cantidad de flores, especialmente de orquídeas, era increíble. Tomamos nota de la cantidad de gente que esperaba para tener una mesa.

Recorrimos la galería y Mario vio un lugar de masajes, muy bien puesto y a un precio muy conveniente (THB 180 la hora de masaje «thai», corporal, contra los THB 200 de las chicas de la prisión y los THB 260 -como barato- de Bangkok). Allá fuimos. Nos hicieron cambiar el pantalón por uno de esos «pijameros» y, obviamente, descalzamos. En un lugar abierto, con «vista a todo el público» de la galería central, colchonetas para el masaje thai y sillones para el masaje de pies. Lo que hacen esas mujeres es maravilloso… de haber tenido un mínimo de falta de pudor habría gritado del dolor… Las contracturas que tengo (Mario declaró lo mismo) son increíbles… El dolor en las pantorrilas, hombros y cuello, directamente indescriptible. Respiraba hondo y contaba en tiempos las inhalaciones y exhalaciones, como en yoga, para no gritar. Ahora que pienso es como que la propia masajista hace su clase de yoga alrededor del cuerpo de uno y el masaje lo es con todo su cuerpo no obstante que toque solo con las manos o los codos. La fuerza y el peso que ponen en esas manos es contundente… ¡y son tan pequeñitas, en general! De no creer. Lo bien que nos hizo… Odiosísimas comparaciones con nuestros masajistas, en general. ¡Esta gente sí que encuentra todos los músculos!

Repetiremos 😉

Salimos de ahí, obviamente una hora más tarde, y se nos ocurrió que lo mejor era seguir la ley de la demanda: nos anotamos para cenar en el restaurante «Hot Chilli» de calle Ratchadamnoen y Phra Pokklao. Cenamos delicioso, con sabores exóticos y atrapantes: mariscos, pollo, castañas de cajú, pescados… leche de coco, lemon grass, jenjible y el picante no faltan ni fallan… Una fiesta:

Desde ahí partimos para el Bazar Nocturno, camino al hotel. Nos perdimos bastante en este mundo de baratijas, falsificaciones y ruido. El ambiente era festivo, con un sector de comederos bien puestos y espectáculos en vivo.

Terminamos consiguiendo el encargo del chico que nos está ayudando en Arroyo (¡el gran Esteban!): un short de Muay Thai o «boxeo tailandés», suerte de arte marcial en clave de casi «vale todo».

Caminamos hasta el hotel y… se supo: el equivocado es Mario. El hotel está a escasos metros de la calle paralela al río; sobre ella, sector de restós y bares, «sobre el río, y marcha… mucha marcha… Su cansancio pudo más, pero el «tachín tachín» lo persigue… Hasta en la lejana y pequeña Chiang Mai.

 

 

«Must see» Bangkok

10FEB2016

Nuestro plan de viaje tiene a la ciudad de Bangkok partida: dos noches al comienzo y cuatro noches al final.

Hoy es nuestro último día completo de la primera etapa. Mañana partimos para el norte, en vuelo hacia Chiang Mai. La idea fue no hacer tanto más largo el primer tirón del vuelo internacional y prevenir cualquier problema de demoras o cancelaciones, quedándonos directamente en Bangkok.

El día comenzó temprano, a las 6am despiertos y a las 7am desayunando. Rico y distinto (mucha comida china). Para las 8am estábamos acomodando las cosas y saliendo, una vez más, hacia el Central Pier para comenzar el fundamentalísimo circuito a pie Ko Ratanakosin.

LP promete que «sin respiro, este recorrido cubre todas las atracciones ‘indispensables’ de Bangkok en una sola mañana». Son más de las 6pm y todavía no entendemos cómo puede alguien hacerlo en una mañana.

Nosotros terminamos exhaustos a las 3pm, con un par de puntos sin conocer (el mercado de amuletos y la Universidad de Thammasat, «conocida por sus facultades de Derecho y Política», sede de las sangrientas manifestaciones de 1976, con cientos de estudiantes tailandeses asesinados o heridos por los militares). Volveremos.

El barco nos dejó en el muelle de Tha Chang, uno más al norte de aquel donde se baja la mayoría de los turistas (Tha Tien, que conduce más directamente al Palacio Real y templos).

Ko Ratanakosin es el antiguo distrito real, sede de su palacio y de infinidad de templos brillantes y ruidosos mercados. Efectivamente, en cuanto a valor cultural, es la parte más importante de la visita de la ciudad.

Empezamos el recorrido pasando por la Universidad de Silpakorn, «el mejor centro educativo de arte» del país, con una historia de intervención de un arquitecto italiano naturalizado tailandés. Vista apenas la fachada de la Universidad, el viajero se acomoda para sumarse a (y aguantarse) las hordas de turistas, particularmente orientales. También nos cruzamos con cantidad de compatriotas, españoles, italianos, «europeos del este», estadounidenses y canadienses.

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Multitudes queriendo entrar al Wat Phra Kaew y al Gran Palacio. El primero es un templo im-pre-sio-nan-te, de gran lujo y fineza, resplandeciente de brillo por la porcelana, el oro, las piedras… Imperdible, como conjunto y en lo que sobresale de toda la visita: el salón soberbiamente decorado que alberga el Buda Esmeralda, de veneración preferente en el budismo tailandés.

Ya sospechábamos que se trataba de un conjunto cultural importantísimo, por lo que nos alquilamos las audioguías para disfrutar y aprovechar mejor el recorrido. Valió la pena.

[La entrada es «cara», para Tailandia: THB 500; la audioguía, THB 200; hay que dejar en depósito una tarjeta de crédito o el pasaporte… Pero ni la entrada ni la audioguía se puede pagar con tarjeta; «cash only»]

Todo el conjunto (templo y palacio) data de 1792, primer año de Bangkok como capital del país. Hoy en día, es un gran centro de peregrinación para budistas y nacionalistas. El estilo arquitectónico se denomina ratanakosin, muy muy preciosista:

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Murales del Ramakian, versión tailandesa del poema épico hindú «Ramayana». Bellísimos…

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Estupas brillantes, preciosas

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El famoso Buda Esmeralda… Pequeñito, pero bello… Foto con muchísimo zoom, tomada desde afuera porque adentro estaba prohibido.

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La visita continúa por el Gran Palacio, con distintos edificios, todos muy y bellamente ornamentados. Hoy se utilizan solo para ceremonias reales o como residencia de visitantes ilustre.

Salimos del complejo con terrible calor. Era el mediodía. Tratamos de buscar un lugar donde sentarnos y tomar algún jugo de fruta pero fue imposible… Por el lugar de salida de la visita, se continúa con espacios públicos, jardines reales y más templos, por lo que sólo había vendedores ambulantes. Nos rendimos, compramos gaseosa y agua y encaramos la próxima parada: Wat Pho, el archifamoso templo donde se encuentra un gigantesco Buda reclinado. La locación (dentro de un templo sostenido por columnas) no facilita la fotografía del más grande Buda del país. De apenas 46m de largo (¿ancho?) por 15 de alto, resulta imponente y bellísimo, de una estética armoniosa y bella. La base de sus pies tiene nácar incrustado pero… ¡adivinen!, la están reparando en esa parte.

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En los muchos otros edificios que hay en el lugar se aloja una impresionante colección de budas (algunos bellísimos) y el centro público de educación más grande del país…

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En el lugar ofrecían masajes… Un lugar muy lindo, que lucía muy limpio y serio. Luego compararíamos y nos enteraríamos de que estaba a muy buen precio (THB 260 la media hora), pero había 40′ de espera, así que seguimos de largo. Ya era pasada la 1pm, el cansancio nos imponía una parada urgente. Tal y como recomienda LP, buscamos un lugarcito en la calle Maharat. Lo encontramos, bien tailandés, para compartir una deliciosa phat thai con marisco (ese wok con fideos de arroz y verduritas, al que agregan carne de vaca, de cerdo o mariscos). Nos tomamos unos jugos reparadores y, ¡al circuito otra vez!

Ahora, para cruzar en ferry el río y visitar uno de los íconos de Bangkok… ¡en reparaciones!, con todos los andamios alrededor. Se trata del Wat Arun, «templo del amanecer», particularmente hermoso si uno lo ve desde la margen opuesta, de noche, todo iluminado. Ya lo haremos.

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Para el retorno en ferry ya eran las 3pm y nuestras piernas no daban más… Andábamos desde las 8am, con una temperatura razonablemente alta (32º) y el cuerpo pedía basta.

Regresamos al hotel. [Tip para futuro viajero de estos lados: no tomen el barco turístico, es tres veces más caro que el regular (de THB 13 a THB 40) y para nada. Hay una chica que simplemente anuncia las paradas y, encima, no se le entiende nada del inglés que habla.]

Ahí empecé a escribir, Mario durmió un rato y a eso de las 7pm salimos caminando por la calle Silom (la principal del barrio en el que paramos, sobre la cual está nuestro hotel) hacia el centro. Queríamos ver un e-reader para Mario, pero llegamos a las 8pm y el negocio cerraba 7.30… grrrrr. Ya lo encontraremos en otro lado.

Para entonces, decidimos cenar en el centro comercial. Un lugar estaba particularmente lleno. En sus mesas había una especie de sartén invertida, adaptadas con un calentador eléctrico en el centro… El lugar se llama BBQ y es comida vietnamita adaptada a los tiempos que corren… En el borde se coloca caldo caliente y allí se hierven verduras; en el centro, se asan carnes, mariscos, otras verduras… Muy entretenido y delicioso.

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A la vuelta, caminata previo al test de todo viaje: el índice McFlurry de Mario. Nos pareció baratísimo… THB 29, i.e. U$s 0.80. Ahora sí, no doy más. Ya contratamos un taxi al aeropuerto para mañana… Nos espera Chiang Mai.

Calentando motores…

Sí, el próximo domingo 7 de febrero salimos para Tailandia… Mucho entusiasmo y ganas de conocer, de seguir despuntando el vicio de Oriente, sumado a algo no muy habitual en nuestros viajes «al otro lado del charco»: disfrutar de la playa y descansar.  [¡Sí!, nos lo permitimos, ja ja]

Allá vamos… por ahora, el mapa:

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Visitaremos Bangkok (la capital), Chiang Mai y Chiang Rai (en el noreste, zona de montañas y templos), Phuket, Phi Phi, Ko Sumai y Bangkok otra vez.

Como viajamos por Emirates, el recorrido termina con un par de días en Dubai, para «partir» un poco el retorno.

La seguimos 😉