Dubai

28/29FEB/1MAR2016

Como viajábamos nuevamente por Emirates, decidimos cortar una vez más el regreso con un par de días en Dubai. En realidad, son 3 noches pero 2 días, porque llegamos el domingo 28 a la noche y escribo esto cerca de las 10pm del martes 1 de marzo; a las 2.30am del miércoles 2 de marzo nos pasa a buscar un taxi para el aeropuerto (el avión sale a las 7.10am y llega 7.45pm a Buenos Aires… 7 horas para atrás).

Tengo poco tiempo y poca gana de escribir, pero sé que si no lo hago ahora mucho menos podré hacerlo a la vuelta en Argentina.

Estuvimos en Dubai en marzo del 2012, de vuelta del viaje a China. Es difícil poner en palabras todo lo que ha crecido esta ciudad en menos de cuatro años… Hay zonas que nos resultan irreconocibles, como ésta en la que estamos parando, «The Walk» en Jumeirah Beach Residence. Un paseo increíble al lado del mar, negocios y restaurantes, hoteles gigantescos y lujosos, sumado a ese look «maqueta» que vuelve todo bastante irreal.

 

Nuestro hotel se llama Hawthorn Suites y es un tanto extraño: habitaciones gigantes, living y kitchen completa, servicio de playa y el mejor desayuno bufet de todo el viaje (medido por mi índice salmón rosado ahumado con alcaparras 😉 ).

Como dijimos en la anterior oportunidad, Dubai es una mezcla de obscenidad escandalosa con demostración increíble de lo que el hombre puede hacer… ¡a partir de y en un desierto!

Dependiendo de dónde y cómo se pare uno frente a esto, la pasará mejor o peor. Por nuestra parte, intentamos que los últimos días previos al retorno (siempre cargado de ansiedad, pesar y alegría en partes iguales) transcurrieran lo más placenteros posibles.  En estos dos días, hicimos un rato de playa cerca del mediodía (estamos en «invierno», amanece recién a las 7am, anochece 6.30pm aprox y la temperatura máxima fue de 26º, con sol), caminamos bestialmente (aunque uno tome el muy caro y espectacular metro/tram es impresionante lo que se camina y camina) y aprovechamos para hacer dos cosas que no pudimos en la anterior oportunidad:

 

  • Subida al Burj Kalifa

Cara, pero im-per-di-ble. Había sacado los tickets por internet desde Argentina. Subimos al piso 154, con tratamiento VIP (café especiado y dátiles en la recepción; «coctails» -aquí TODO sin alcohol- y dulces arriba), nos quedamos más de una hora, incluido el momento del atardecer, bajamos luego al piso 124

 

y, de ahí, al Dubai Mall a cenar en un restó desde el que veíamos la fuente y las aguas danzantes… Inolvidable.

 

 

  • Visita a «The Palm» y «Atlantis»

Ahora hay un nuevo sistema de «tram» (en el barrio en el que paramos, abarcando «Marina» y «The Palm») y «monorail» para llegar a Atlantis, complejo de hotel y parque acuático en el extremo más ganado al mar. Una obra loca, descabellada, pero ahí está…

 

Cierro el viaje con uno de los edificios de Dubai que más me impactan… Llegué y empecé a buscarlo; lo llamo «Twist Building» y, sencillamente, me encanta..

 

¡Hasta la próxima aventura!

Últimos días en Bangkok

26FEB2016

En nuestro penúltimo día en Bangkok no podían faltar dos clásicos: una recorrida por el mayor mercado de falsificaciones (MBK, estación de skytrain National Stadium) y el barrio Banglamphu en el que se encuentra la calle Khao San, «full of atmosphere».

En el MBK conseguimos baterías de segundas marcas que nos habían pedido para las cámaras, cambiamos protectores de pantalla de los celulares… El resto, nada resulta muy atractivo. Por nuestra parte seguimos con la apatía general de compras en los viajes y -salvo algún trapo muy puntual, el último chiche de gastronomía que no tenemos o  un condimento típico para cocinar- difícilmente nos tentemos.

 

A media cuadra del hotel había un outlet de Crocs; ilusa, pensé que me iba a llevar el negocio entero… ¡No me pude comprar ni una guillermina! No solo no había mucho para elegir, sino que faltaban números y no eran nada baratas (u$s 40).

Descansamos un rato en el hotel y partimos en el ferry hacia el barrio Banglamphu, parada 13 Phra Athit. La zona tiene «toda la onda», mochilera, hipponga… mucha artesanía, música en vivo, masajes, comida vegetariana… Está el turista que para aquí y el que viene a ver a los que paran aquí.

 

Alrededor de este pequeño enclave, grandes avenidas y monumentos, como el Monumento a la Democracia (1932, conmemoración del paso a una monarquía constitucional)

 

o el Monte Dorado:

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Cenamos aquí en el barrio y nos volvimos en tuk-tuk, siempre una experiencia fascinante.

 

 

27FEB2016

Anticipándonos a lo que suele ser un brote de ansiedad previo al retorno, decidimos contratar una excursión de día completo. Queríamos ir a otro de los must see en Bangkok, un «mercado flotante», y aprovechamos para combinar con una visita al mítico «Puente sobre el río Kwai», famoso por la película de la década del ’50 y su musiquita. Por supuesto, la historia detrás del «puente del ferrocarril de la muerte» era también convocante.

Nos pasaron a buscar con puntualidad inglesa a las 6.30am. Éramos los primeros y habríamos de pasar a buscar a un grupo bien diverso. El guía era amable y voluntarioso y le entendíamos algo más.

Los mercados flotantes están en las afueras de Bangkok y se alojan en la miríada de canales y ríos que desembocan en el mar. El que visitamos es uno de los más antiguos, Damnoen Saduak, a unos 80km de Bangkok y a 20′ de la desembocadura de ese río en el Golfo de Tailandia.

Primero nos subieron en un bote delgadísimo (entrábamos solo Mario y yo, sentados sobre una tabla prácticamente sobre la base); íbamos unos 10.  El lugar parecía una Venecia del sudeste asiático… casas y pequeños comercios flanqueando las márgenes.

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Llegamos a una plataforma sobre la cual hay cantidad de puestos de venta (básicamente, ropa, souvenirs, comida) que abastecen a las embarcaciones que, a su turno, también son puestos de venta. Los botes, ahora, pasaban entre esos vendedores y en eso consistía la atracción… muy pero muy linda, pintoresca, colorida y ruidosa. Vale la pena llegarse hasta acá para conocer esto tan característico de la zona.

 

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Lo que siguió  de la mañana fue totalmente prescindible (un rato en otro «establo» de elefantes… y van…, aunque siempre sea lindo verlos… no así «disfrazados» para montar humanos). En este momento y ya cerca del mediodía, nos redistribuyeron: algunos volvían a Bangkok, otros hacían no-sé-qué de cocodrilos, otros íbamos a Kanchanaburi, teóricamente a visitar el famoso puente, un museo de la II Guerra Mundial y un cementerio de víctimas de la misma guerra. Previo a todo eso, almuerzo.

El almuerzo fue ya en Kanchanaburi, casi una hora después (estábamos todavía más hacia el sudoeste de Bangkok). El grupo era mucho más interesante que los anteriores, se notaba un interés «adicional» (un cacho de cultura, bah…) en este colectivo: un profesor de sociología e historia de «un pequeño país africano del tamaño de Singapur y en el que se habla francés» (el señor era descendiente de indios, pero nativo de esa isla; de las dos o tres veces que lo mencionó, ninguno pudo discernir el nombre del país… sin palabras), un joven berlinés, una pareja de chinos (Shanghai), y seis mujeres jóvenes pertenecientes a una ONG dedicada a los niños, estaban en Bangkok por un training (una vietnamita, una paquistaní, una hondureña y las otras tres, God knows, ¡de por esta zona!).

La verdad es que las conversaciones empezaron a tener otro interés y lo pasábamos realmente bien. La cosa se puso oscura cuando llegamos al «museo» y nos enteramos que al cementerio no íbamos y que teníamos más de dos horas allí… que una parte del grupo, mientras tanto, seguía hasta no-sabemos-qué-cueva llamada «Tiger Temple» y que despues nos venían a buscar para retornar a Bangkok…

El museo era un monumento al kitsch (ya advertido por LP)… imposible describir el verdadero bodrio que era ese lugar. «Esculturas» de Hitler, Mussolini, De Gaulle, Churchill… no precisamente salidas del Madame Tussauds (que tampoco nos gustan, pero bué…), representaciones de prisioneros de guerra construyendo la vía del ferrocarril, todo grotesco.

 

Lo único que nos quedaba era tratar de relajarnos, recorrer el puente (hicimos allí varias fotos)

 

 

y sentarnos a leer historia: historia de los japoneses construyendo ese puente para abastecimiento entre Birmania y la Tailandia ocupada en la II Guerra, casi 100.000 muertos en semejante aventura, bombardeo aliado al puente, reconstrucción, nuevo bombardeo, nueva reconstrucción a cargo de los ingleses y un largo etcétera.

[Lamento no poder repetir toda la historia, es bien interesante]

También nos pusimos a repasar lo que teníamos de la historia de Tailandia a partir del reino instalado en Bangkok, o sea, la actual dinastía de los Rama, 1782. Leído ahora, nos daba mejores pistas de por qué no fueron colonia (el rey siempre se las arreglaba para comerciar y beneficiar ampliamente a las potencias europeas, pero sin caer -al menos formalmente- en la sujeción colonial), el paulatino pero inexorable proceso de occidentalización, la transformación del budismo a un peculiar modo tailandés que lo privaba de elementos muy irracionales, la declaración de guerra a los aliados que nunca se entregó, el radical anticomunismo y la alianza con EE.UU. en la guerra fría, las bases de EE.UU. en la guerra contra Vietnam, el terrorismo aislado del sur (a veces expresión de nacionalismo, a veces de islamismo extremista y a veces mezclado), el drama del narcotráfico y la corrupción, el boom y posterior caída de la economía en el marco de los «tigres asiáticos»  y, fundamental, el fortísimo militarismo del s. XX, en el que hubo casi una veintena de golpes de estado… pero el rey siempre está.

Hablando después con el «profesor», nos apuntaba su opinión: ve un pueblo contento, limpio, alimentado, «feliz y consumiendo»; una sociedad homogénea en virtud de una unidad religiosa (budismo) y política (rey) que, además, se retroalimentan (el rey es representación de la divinidad en la tierra). Esos factores aceleran procesos de desarrollo… «o lo hace Dios o lo hace el garrote» (China).

En fin, quizá salvamos la última parte del tour con nuestra iniciativa y esta feliz compañía. Regresamos a Bangkok para nuestra cena «de clausura», en un coqueto restó cerquita del hotel.

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Tal vez podríamos concluir esto del viaje: si la idea es hacer un viaje de descanso (playa) mezclado con un poco de recorrido y atractivos culturales, bien vale Tailandia. En lo personal, estamos arrepentidos de no haber agregado Myanmar/Birmania. Dificilmente volvamos para estos lados y bien podríamos haber destinado unos días a ese pais.

Si el principal objetivo del viaje es conocer y sumar highlights, nuestro consejo sería juntar Tailandia con otro circuito (Myanmar, Camboya, Vietnam, Laos, Singapur… algo).

En nuestro caso, bien vino el descanso… tan necesario 🙂

 

 

 

 

 

Misceláneas

Hace rato que debía escribir sobre distintos aspectos que nos llamaban la atención de Tailandia, en general, y de Bangkok, en especial… Van, muy anárquicamente:

 

  • Informalidad de la economía

Parece altísima…, nada que asombre a un argentino. Buena parte de la economía del país está en negro: cantidad de transacciones en efectivo, tarjetas de crédito solo por encima de 500THB (unos 14u$s), falta de recibo en prácticamente todos los sectores vinculados con el turismo (tours, restaurantes, transporte). Para tener una idea, en el Novotel de Bangkok no nos dieron recibo del taxi «oficial» que nos llevó al aeropuerto.

 

  • Impresión general de Bangkok

Muy rápidamente la vinculamos con Kuala Lumpur (con contrastes brutales entre modernidad y subdesarrollo) y, al propio tiempo, la diferenciamos de Singapur (que, en su momento, caracterizamos como «Canadá en Asia»).

Las semejanzas con Kuala Lumpur se acentúan por el transporte sobrevolado en la ciudad, los mercados callejeros, los puestos en las veredas, un poco bastante de mugre urbana…

Hay marginales, claro, pero no más que en Argentina. La impresión no es la de India, aunque manifestaciones múltiples de hinduismo y budismo la aproximen todo el tiempo.

Hay datos muy típicos de «países emergentes»… informalidad, rápida búsqueda del confort y la tecnología (solo mencionamos algunos síntomas: celulares, acondicionadores de aire y pantallas de TV satelital). Todo eso, muchas veces conviviendo con la precariedad de la vivienda o la mugre urbana.

Junto con el área metropolitana, estamos hablando de una ciudad de alrededor de 15 millones de habitantes.

 

  • Arquitectura, en general

Sobre todo en las islas, nos impactó el cambio desde la precariedad de la casa de madera teca a la construcción prácticamente masiva en hormigón. Desde luego, todos los pilotes de las casas (algo muy habitual) de hormigón; a lo sumo arriba la casa de madera.

Las más modernas, sustituyen la madera por algún material que la imita: aluminio marrón oscuro, por ejemplo. El estilo se mantiene y es muy pero muy agradable.

En las islas (descartamos que en Bangkok también, solo que no lo hemos visto todavía) abundan los barrios cerrados. Construyen casas amplias, de dos plantas (más pilotes, en algún caso) pero prácticamente sin terreno alrededor… «Achoclonadas», diría un chileno.

 

  • Jardines verticales

Están de alta moda… inclusive en lugares públicos, por ejemplo en las columnas de hormigón que sostienen el skytrain.

 

  • Prostitución

Personalmente, «a cada rato» veo a una persona de avanzada edad (70+), occidental, del brazo o sentada en un bar o resto con una tailandesa joven (-30, a veces muuuuucho menos). Me hace acordar a la Cuba que vimos con mis amigas en 1996… italianos, alemanes, pagando por «carne fresca». Suena feo, pero es el comentario que me provoca. Al principio Mario me decía que él no lo veia «tanto»… pero la realidad es que bastaba con que nos diéramos vuelta para encontrar un caso. Malo y feo.

Al episodio en el tour a Ayutthaya, se sumó el comentario de un chileno que también era parte del grupo. Él se quedaba después del almuerzo en la estación de trenes, camino a Chiang Mai (viajaba toda la noche, parece que es toda una experiencia andar  en tren por Tailandia… Me hizo acordar a la pareja joven de argentinos que encontramos en Jaiselmer, India, Lucas y Agustina). Este chileno de no mucho más de 30 años, la edad de los nuestros, estaba «desagradado» de Bangkok… En un negocio lo acosaron mal intentando venderle un traje y luego habló muy negativamente de la «prostitución y la droga» en Bangkok, que vio y escuchó cosas «que no puede repetir». Como nosotros no estamos en el «circuito», evidentemente no tenemos idea de lo grave o sorprendente que pueda ser el tema. Sí nos resultaba raro que a un joven le impacte tan negativamente.

 

  • Todos descalzos…

Tanto como para que Mario reafirme su vocación de no contaminación del piso del nuevo departamento (¡?¿!), aquí todo el mundo a descalzarse y no sólo en los templos, donde directamente es obligatorio. Cantidad de negocios y tiendas obligan a descalzarse y hasta en el restaurante del Htl Zeavola en Phi Phi el protocolo era dejar los zapatos afuera 😉

 

 

  • Conducción / movilidad

Como adelantamos, conducen por la izquierda, «a la inglesa». El tráfico es endemoniado y hay millones de motos. La primera impresión es que «todos usan casco…»  Error; muchos no lo llevan, muchos van de a tres o cuatro más los bultos (??!!), nada que envidiarle a nuestra mejor tradición transgresora.

Al tiempo que son permisivos en esto, otros aspectos del orden urbano parecen más controlados. Por ejemplo, múltiples agentes en los andenes de trenes y metro para «ordenar» las filas de ingreso a las unidades. Liberan el centro de las puertas y organizan las colas en los costados.

El parque automotor en las zonas que frecuentamos de Bangkok es predominantemente nuevo. Llama la atención la cantidad de camionetas, pick-ups y 4×4 en general. Más en las afueras de la gran ciudad o en el interior empiezan los «destroyers» (Ricardo Chapo dixit).

La mayoría de los autos son japoneses y coreanos. Estando acá no sorprende que el Corolla sea el auto más vendido del mundo… amplio predominio de ese modelo. Escasamente se ve un BMW o un Mercedes… por ahí un VW.

 

  • Idioma / alfabeto

El idioma es absolutamente incomprensible, como en toda la región. Sonidos nasales, distintas entonaciones… mueve a risa en algun caso (obviamente, para nuestro oído).

El alfabeto, terrible:

 

 

El problema es que, en general, tampoco se les comprende fácilmente el inglés… Nos encontramos hablando inglés a lo indio en más de una oportunidad, ja ja, ¡como mi mamá le hablaba a Gloria (mi hermana americana) en San Lorenzo en 1979!

El hecho de haber venido por nuestra cuenta (sin tour ni guía) o de haber encontrado guías con muy pobre inglés nos privó de un aspecto siempre muy lindo de los viajes: indagar acerca de su cultura, hábitos, gustos, ideas, religión, educación, salud… en fin, una lástima, pero la comunicación resulta casi imposible…

Tampoco pudimos corroborar que, efectivamente como leemos y tal como luce en el «mobiliario urbano», el respeto y el cariño a los reyes sea tan alto.

 

  • Campaña de no banalización del budismo

Nos pareció interesante… en todos los templos, carteles de este tipo:

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  • «Etiqueta» social

Sigo sin acostumbrarme a los malditos carraspeos, catarreadas y estornudos brutales alrededor… tampoco me acostumbro al ruido al comer los fideos o tomar la sopa… vivo a las arcadas, sencillamente. In-to-le-ran-te, me espeta Mario 😉

 

  • Uniformes de la escuela

Suponemos que al resto de los occidentales le pasará lo mismo; estamos sorprendidísimos por el «estilo» de los uniformes escolares. Son ultra conservadores, parecen salidos de una película de los años 50 o antes… Mario se preguntaba cómo reaccionaría un adolescente occidental si le obligaran a vestirse así… Los hemos visto en los patios de las escuelas jugando al fútbol, vestidos con este mismo uniforme. Muy diferente.

Vuelta a Bangkok y escapada a Ayutthaya

 

24/25FEB2016

Con mucha pena, le dijimos adiós al mar de Tailandia… Disfrutamos horrores estos días en la playa, con una temperatura ideal, un mar divertido y placentero, una arena divina… Inolvidable.

Es difícil describir el aeropuerto de Ko Samui; al partir lo veíamos en más detalle, con la zona de embarque… Jamás habíamos visto algo igual, parece un jardín botánico, todo abierto, con una decoración perfectamente adecuada al entorno, un verdadero aeropuerto tropical:

Ya en el tramo final de nuestro viaje a este país, Bangkok nos recibió con un clima pesado, 34º aunque nublado. Esta vez la salida del aeropuerto y la combinación de tren y skytrain para llegar al mismo hotel anterior (Novotel Bangkok Fenix Silom) no tenía sorpresas. Sí hay que advertir que el skytrain cada tanto hace cambios de recorridos o de andenes y que, por tanto, hay que estar alerta a los casi ininteligibles audios. A veces, valen más los letreros luminosos o algunos carteles que los empleados levantan para la ocasión.

Para cuando nos acomodamos en el hotel eran más de las 5pm y estábamos un poco cansados como para encarar, a esa hora, algún itinerario. Decidimos ir a la zona de la estación «Siam» del skytrain (una zona animadísima de comercios y centros comerciales gigantescos), vinculada «por arriba» por pasadizos que continúan la línea sobreelevada del tren (justamente, skywalk).

Nos metimos en uno de esos centros, buscamos unos encargos de baterías de cámaras que no encontramos en los negocios genéricos (nos mandaban a las casas de las marcas o a otros lugares donde tampoco había… quizá quede para Dubai). Terminamos cenando en un típico restaurante de shopping, en el que confiamos por la cantidad de gente esperando turno para sentarse, muy rico.

Cuando caminábamos desde nuestra estación hasta el hotel, encontramos otro en el que ofrecían tours. Antes -y habiendo resuelto que por las nuestras iba a ser muy complicado e igual de precio-  habíamos averiguado en el Novotel y quedamos en estudiarlo un poco. A esa hora, parecía claro que si no nos decidíamos íbamos a estar dando vueltas todo el día siguiente.  Nos la jugamos y contratamos la excursión a Ayutthaya, antigua capital del reino de Siam.

Pasadas las 7am, y con alguna demora, nos buscaron en una combi. Seguimos juntando gente, no teníamos guía y el conductor hablaba cero inglés… Cuando no quedó un asiento vacío, empezamos a mirarnos entre todos… Terminamos en la puerta de las oficinas de la compañía y fue entonces que nos redistribuyeron según fuéramos a «Ayutthaya» o al «Floating Market», las dos excursiones más populares.

La guía era jovencita, un personaje y le entendíamos un 20% de lo que decía… Qué tortura el idioma en este viaje… Evidentemente, les cuesta horrores el inglés y en estas excursiones masificadas ponen gente sin mayor preparación. Eso sí, muy voluntariosos y «buena onda».

La cuestión es que la guía tampoco vino en nuestra combi (era una para tres combis), con lo que nos encontraríamos directamente en el destino.

La antigua capital de Ayutthaya queda a 80km de Bangkok y, ciertamente, hay que coincidir con LP que «es una parada cultural obligatoria» pero «antiturística y poco pulida»… Se nota que no hay inversiones significativas (más allá de la declaración UNESCO de patrimonio de la humanidad) y que falta gracia, empeño y atractivo a un lugar que debería ser un verdadero diamante.

Ayutthaya fue la capital del reino de Siam entre 1350 y 1767. En ese período, se sucedieron reyes de distintas dinastías y se libraron diversas guerras, por lo que alternativamente hubo predominios o influencias birmanas, chinas e indias, además de las potencias europeas que también comerciaban.

Los distintos reyes fueron construyendo templos y palacios. Para la época de la derrota  en manos de los birmanos (1767) y la recuperación tailandesa por parte de Bangkok (1782) la ciudad fue arrasada por incendios y saqueos.

Hoy conviven el «parque arqueológico» con la ciudad moderna, a veces entrelazados. La convergencia de tres ríos (uno de ellos, llegará luego a Bangkok, el Chao Praya) forma una «isla». La mayoría de las atracciones históricas están «en la isla» (hay vestigios de unos 200 templos) y otras pocas, «fuera de la isla» (así refieren los lugareños a la situación).

Lo que se  visita son las ruinas y lo poco reconstruido. El resto, a puro imaginación.

En nuestro caso particular, habiendo conocido Camboya (sobre todo, por el notorio parecido con Angkor Wat) e India, difícilmente podría habernos sorprendido… Vale conocer, hay algunos lugares bonitos, pero poca emoción en nuestro caso.

Sí fue interesante advertir distintas influencias en los estilos de los templos (la diferencia entre chedi, stupa, prang y pagoda, todas construcciones elevadas que guardaban restos), la impresionante vinculación con la muerte, el culto a los muertos y el predominio arraigado del budismo.

Quizá no tenga mayor sentido describir los templos que recorrimos, mucho menos tratar de recordar estos nombres inverosímiles; más bien hacer alguna glosa bajo las fotos:

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Este grupo pertenece al primer templo visitado y se corresponde típicamente con una «chedi» (en forma de pirámide). El buda «gordo» es el de la alegría, la satisfacción.

 

El buda recostado, 42m de largo y 8m de largo.

 

El buda más famoso de todo el conjunto: el bosque se encargó de enmarcar la ruina de la cabeza de buda, la naturaleza entrelazándose con lo sagrado, un símbolo muy auspicioso en el budismo tailandés. Verdadermente bonito.

 

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Y más…

 

La excursión incluía un almuerzo para el olvido, al lado de un templo y de un «establo de elefantes»…

 

Después del almuerzo, la visita «fuera de la isla» correspondía al Bang Pa-In o palacio de verano de los reyes. Aquí sí se veía mantenimiento, cuidado y mucho, mucho dinero. Al igual que tantos otros, los reyes tailandeses sucumbieron al lujo de palacio y a copiar diversos estilos: occidental y chino, muy particularmente:

 

Después de tantas ruinas (particularmente de tantas inadecuadamente mostradas y explotadas), esta visita daba un respiro y resultaba un momento agradable. El calor, sin embargo, se sentía bastante. Ni qué hablar con la tela que me hicieron poner para tapar mi vestimenta inadecuada (calzas, «too tight»).

Volvimos a Bangkok a eso de las 5.30pm. El grupo había sido muy agradable: franceses, italianos, alemanes, chinos… En nuestra combi estaban los franceses e italianos y un inglés (creemos, entre 65 y 70 años) que subió con un joven «asiático» de veintitantos… Pasó poco rato para confirmar que había algo entre ellos… En fin.

La excursión había sido agotadora. Decidimos hacer algo por el barrio… Ir a conocer el bar/restaurante Sirocco, en el piso 64 de la State Tower. Estamos a una cuadra y media y Sebastián Taleb nos había recomendado vivamente subir.  Analizamos la posibilidad de ir a cenar, pero los comentarios en Tripadvisor (mayoritariamente «quejosos») nos disuadieron. Iríamos a tomar una copa al bar.

Llegamos al atardecer y, efectivamente, es un lugar para ir. Las vistas son alucinantes, sobre todo porque está pegado al río y las perspectivas son increíbles… Un mozo se ofreció a sacarnos fotos y se ganó sobradamente la propina; la noche quedó registrada para nosotros:

 

Y algunas más:

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Imperdible.

 

 

 

Pequeña excursión al NE de Ko Samui

22FEB2016

Como cualquiera puede imaginar, el ánimo en un viaje no siempre está «pum para arriba». Sin perjuicio de que en general somos viajeros muy positivos y  nos llevamos súper, nunca falta el recuerdo, el e-mail, la llamada perdida, la falta del e-mail o del whatsapp, la pesadilla en medio de la noche o cualquier tonta excusa para despertar a los fantasmas, los miedos, las tristezas, las ausencias…

Estábamos de a ratos en esos momentos (la playa o la falta de un circuito agotador favorece, por cierto), cuando nos propusimos cachetearnos: «tenemos que conocer algo más de Ko Samui, es una isla inmensa, con cantidad de playas hermosas, no puede ser que nos quedemos aquí no más».

Para empezar, y contra todas las sugerencias de amigos y de LP, estuvimos de acuerdo en no alquilar moto. El tráfico aquí es virtualmente «de locos» y, encima, por la izquierda. No es la India, claro, pero mucho menos Inglaterra o Gales. Nos manejaríamos en los tuk-tuk compartidos; llegaríamos hasta una de las playas del norte e iríamos para el este, para terminar otra vez en Chaweng. En el medio, cumpliríamos con ver al Big Budha, sobre el mar en la playa de Bo Phut.

El primer minibus que nos tomamos nos dejó, sin proponérnoslo, en un lugar precioso: en la zona más oeste de la playa Bo Phut (al norte de Ko Samui), llamada Fisherman’s Village, nos tropezamos con un sector muuuuy pintoresco, como dirían los más jóvenes, «toda la onda»:

 

En realidad, se trata de unas pocas cuadras por lo que enseguida caimos en medio de la ruta, de playas de piedra y, por tanto, sin lugar por dónde caminar. Preguntamos y el Big Budha estaba ¡a 4km!… Inútil esperar un tuk-tuk, así que negociamos tarifa con un taxi que nos llevó hasta allí.

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El lugar  -bien decadente y en estado de virtual abandono salvo por los puestitos de venta- está no obstante rebosante de turistas como nosotros. Las vistas del mar, además, son bien bonitas.

A la salida recorrimos un mercado bien «local», con verduritas de todo tipo, frutas, leche vendida «al peso» y en bolsas de plástico (primera vez que vemos), y especímenes animales de lo más variados: cerdo, pollo, vaca, pescados y mariscos, pero también ranas inmensas, anguilas, víboras de todo tipo… ¡un asquito! Ni me dio para sacar fotos, me parecía que los invadíamos.

La cosa se nos puso difícil para encontrar un tuk-tuk de vuelta a Chaweng (en realidad, creíamos que nos querían cobrar de más, pero la actitud airada  -«go walking!»- de los conductores, que nos dejaban pintados en la ruta, nos convenció de que debíamos pagar.

En esas estábamos cuando coincidimos con otra pareja muy joven; ella parecía rusa y, según la frondosa imaginación de Mario, él era el típico yuppie occidental (hablaba como yanqui), maltratado en el trabajo y listo para desquitarse en su vida social… Un facho furibundo… Nos apuró a nosotros, al chofer (él iba a un lugar que el chofer desconocía, pero pretendía guiarlo con el GPS de su iPhone)… Un desagradable, pero que logró el cometido de que los dejaran en la puerta, en un -aparentemente- exclusivo barrio privado sobre el mar, justo al lado de un resort 5* (Six Senses, o algo así, bien en la puntita nordeste de la isla). Nosotros, finalmente, chochos: recorríamos la isla por el mismo precio 😉

Llegamos a Chaweng, más precisamente a un lago central que está a la altura del centro comercial, nos topamos con un concurso de cocina «con pato»

y nos dijimos: «a la playa», nada de caminar por el centro… Pagó, ¡y cómo! Magnífica caminata, con el atardecer…

… y, sí, ¡luna llena! Aunque las fotos estén feas (sigo sin cargar el trípode, no sé para qué lo traigo), van igual:

Así fue como pudimos espantar algunos fantasmas… a otros los tratamos de domesticar un poco, pero resisten resisten 😉

 

 

 

 

 

 

Ko Samui

20/21/22/23FEB2016

Sábado 20 a la mañana volamos a Ko Samui. El aeropuerto de Phuket era un caos, literal. Colas inorgánicas (con avivados incluidos) para pasar por los rayos en la entrada, colas para el check-in, colas para embarcar… Por supuesto, salíamos de una puerta inexistente (o casi) y por fortuna nos dimos cuenta de que nuestro vuelo ya estaba embarcando.

El avión de Bangkok Airways era pequeñito (creo que se llaman «turbo hélice»), pero el vuelo fue espectacular. El aeropuerto de Ko Samui es muy pintoresco… Nos subimos a minibuses abiertos, sólo techados, toda la estructura abierta, de madera teca, y rodeados de vegetación exuberante… Desde el aire ya habíamos visto el mar… In-cre-í-ble en sus degradés de verde al azul, bello de bello.

Ko Samui es la tercera isla en tamaño de Tailandia y fue descubierta para el turismo recién en 1971. Hoy es un centro de playa establecido, con conexiones directas a Singapur, Kuala Lumpur, Macau, Hong Kong, toda Indochina y no sé cuántos otros destinos. El turismo es verdaderamente internacional, tanto oriental como occidental.

La isla tiene muchas playas atractivas, pero son principalmente las del norte y las del este las que concitan la mayor afluencia tuística. Y, aun dentro de ese litoral, prevalece Chaweng Beach, en uno de cuyos extremos (el sur, el más tranquilo) es donde estamos parando nosotros.

 

El traslado desde el aeropuerto lo hicimos por un servicio de minibus de tarifa fija (160 THB, si mal no recuerdo) que nos dejó en la puerta del hotel. Fuimos los últimos, luego de unos chicos argentinos muy jóvenes, unos europeos muy rubios y muy blancos y muy indescifrables (entran en una nebulosa que denomino «Europa Central» o «Europa del Este», como si todo me diera igual… más o menos la idea es ex URSS o ex órbita URSS, perdonen la imprecisión y la ignorancia 😉 ), otra pareja de «orientales» (reloaded: ¡perdonen, por favor, la imprecisión y la ignorancia! ¡esto es todavía peor… no distingo un japonés de un chino, imagínense la sutileza de un tailandés o un vietnamita… hace rato que abandoné…). Nosotros, una vez más, los últimos en bajar.

El Bhurundi Chaweng Beach Resort es, sencillamente, encantador. Por supuesto que hay cantidad de propuestas mejores, ni qué hablar de más lujosas, pero la meneada relación precio-calidad nos pareció óptima. Peleamos una habitación con una pequeñísima vista al río (no teníamos contratados bungalows, sobre la playa) y la realidad es que la habitación tiene el confort indispensable, al tiempo que «toda la onda» tailandesa:

Desde el balcón, muy pintoresco, tenemos estas vistas:

El «edificio» del hotel no está sobre el mar, pero sí la parte de los bungalows y un acceso adicional a otra pequeña playa (la que más nos gusta, Chaweng Noi) a la que se llega por una especie de servidumbre de paso con el restaurante del hotel de adelante. Un engendro, bah, ¡pero funcional! Hasta hay que cruzar un pequeño puente sobre un riacho que desemboca en el mar y que divide ambas playas:

El hotel tiene su servicio gratuito de poltronas, mesitas y sombrillas y no tardamos nada en estar allí. El baño de mar es muuuuuuuuuuuy gratificante, un mar a la temperatura justa y… ¡con olas! ¡magníficas olas! ¡olas para jugar! Placer placer.

[Al segundo día, había un viento muy fuerte; las olas rompían duramente apenas uno se metía… Hacía rato largo largo que no sentía miedo de meterme al mar; solo la constatación de otra gente sin problemas al lado me disuadió; de cualquier modo, a esa hora de la mañana y con las olas altas casi no hacía pie… Olas de esas que terminan con la arena adentro de la malla… ja ja, bien argentinas o braviuruguayas 😉 ]

 

A la tardecita y luego de una ducha nos fuimos caminando hacia el «centro». Los carteles marcan «downtown, 1km», «Central Festival, 2km» (el nombre de un centro comercial), «northeastiest point of Chaweng, 5km».

Llegamos al Central Festival y, ¡oh!, estaba el Kindle e-reader, pero ¡a u$s 220! (en EE.UU. y, creo, en un aeropuerto donde les compramos a las chicas está a u$s 120 aprox., así que desistimos).

Miramos un poco alreadedor y nos sentamos a comer en un lugar muy concurrido («Onion», sobre la principal), muy rico y muy conveniente, aunque tardaron un rato en el servicio, desbordados, creemos.

¿Cómo es Ko Samui (o, mejor, Chaweng) y su centro? Atestado de negocios -en especial comederos, bares, boliches, salones de masajes y venta de falsificaciones de todo tipo- y de gente, ruido mucho ruido, pero sin la agresividad o la sensación (sobre todo de noche) de «reviente» de Phuket. Parece que aquí también hay mucha movida nocturna, incluidos los tugurios, pero más relajado 😉

La segunda noche tuvimos un descubrimiento maravilloso. El día había transcurrido más que placentero: para empezar a hablar, terminé «Los detectives salvajes», de Bolaño. Eran las 9.30am aprox. y pasé la posta del Kindle a Mario. Imposible describir con palabras todo el placer intelectual que me dio ese libro. Me volvió a instalar (y en serio) esa media sonrisa que provocan la emoción, la sorpresa, la admiración, ese tan natural «qué genio este tipo, qué bien que lo hace»… ¿Cómo no había leído nada de él hasta ahora? Era una larga deuda… «Los detectives…» es de 1998 y Bolaño murió en 2003, hace ya más de 10 años. Siempre me resultaba una empresa de largo aliento… necesitada de tiempo, el bendito tiempo…

En fin, no aburro más: este verano me he reconciliado con la literatura: «El hombre que amaba a los perros» (Leonardo Padura), en enero, cautivante, y ahora esto… FELIZ.

[Siento que estoy perdiendo mi Kindle… Mario está enganchadísimo y no para de encontrarle ventajas maravillosas a mi pequeño chiche… Hay que conseguir otro urgente. Mientras tanto, volví al soporte papel y ya me devoré a McEwan. Ahora, a angustiarme con la enigmática Samantha Schweblin…]

Era tanta la felicidad que tenía con la lectura, que me fui a caminar hasta la punta de la playa, un poco enterrándome en la arena y otro poco pasando piedras. Llegué hasta el final de la playa (ya después se terminaba la cala y era todo piedra). Hay algunos resorts increíbles… se nota que de mucha categoría.

El resto del día pasó sin darnos cuenta: enganchadísimos en diversas lecturas, mates en la pileta que está al lado del mar…

Así, sin querer, se nos hizo la tardecita. Decidimos que cenaríamos «por el barrio» y hasta teníamos identificado un restó un poquito más coqueto. Pero en ese afán de «ver un poco más»… «por si nos perdemos algo» (que, en mi caso, arrastro desde mi viaje inaugural con CancaBella en 1991, siempre dándonos una última chance, y otra última chance, y otra última chance…), encaramos para la dirección opuesta a la «natural» de ir hacia la zona más animada de Chaweng. Fue así  que encontramos EL lugar… A apenas 50m del hotel, en el recodo por donde la calle se aleja del mar, pequeñito, prolijísimo y lleno de gente. Lo observamos con más detenimiento y dijimos: «es acá». No había mesa, pero no tuvimos el menor problema en esperar media hora. Nos fuimos hasta la orilla del mar, otro placer a un día de luna llena.

«Phensiri» (80/30 Chaweng Beach; facebook: /PhensiriKohSamui) no tiene punto de comparación con lo que veníamos encontrando, a salvo obviamente el restó del  hotel de Phi Phi. La comida es sublime y los precios, directamente, inverosímiles. Por supuesto ya ni intentamos ir a otro lugar. A sacarnos las ganas de probar la mayor cantidad de delicias que podamos ahí, y nada más que ahí. Nuestro único límite ha sido el picante… No nos bancamos casi ni el primer pimientito de la carta ¡!  Hemos incursionado en pollo, cerdo, pato, hongos varios, más mariscos… Todo de alta cocina y presentación.

 

Ko Samui es famosa por su gastronomía: está lleno de grandes restós, la publicidad abunda en premios que algunos ganan y en nombres de chefs importantes. El tema es que por ahí están alejados, en los grandes resorts, el número final de la cuenta es impredecible y, encima, hay que estar más o menos bien vestidos… algo que entre nosotros no abunda, aunque esta vez trajimos un pantalón y un vestidito, pero para Bangkok (pendiente).

En general, y salvo una «excursión» de la que escribiremos aparte, los días en Ko Samui transcurren más que tranquilos. Nos encanta la playa, más allá de que varios observen lo reducida que ha quedado por el abuso de la construcción. El mar es espectacular; para quien disfruta las olas, una fiesta.

Nos ha pasado de encontrarnos con gente muy entretenida, que se engancha a charlar con nosotros: una pareja de gays madrileños, ¿65 años?, desopilantes. Nos hacen desternillar de la risa, muy pero muy ocurrentes. No más nos escucharon hablar en español y, exclamando alivio, se nos pegaron a la charla. En el desayuno, en la playa, pasamos largo rato charlando con ambos.

También un italiano que vive en Alemania y que vivió antes mucho tiempo en Argentina… Me hace acordar a Chico Buarque, moreno y de ojos clarísimos; la mujer alemana parece que no entiende una palabra de español pero a él se le nota el enorme placer de hablar con nosotros y de recordar nuestro país. Se metió en nuestro griterío del desayuno con los españoles y ya se prendió… Divinos todos.

 

 

 

 

 

 

«Wild on» Patong…

18/19FEB2016

Ayer al mediodía dejamos la inigualable Phi Phi… Embarcamos en el Andaman Wavemaster que partía 1.30pm y ya, desde el vamos, todo fue desorganización a partir de la sobreventa de pasajes. Nosotros no tuvimos problemas «directos» (teníamos dónde sentarnos) pero sí padecimos las molestias de tener gente tirada en los pasillos, parada, las mochilas por todas partes… Múltiples quejas y gritos, pero el barco salió igual y continuó subiendo gente en Ton Sai.

Yo seguía a tambor batiente con mi libro de Bolaño y Mario se enganchó con «Avatar», subtitulada en inglés, así que más o menos las tres horas se pasaron rápido.

En el embarcadero nos esperaba la combi que nos llevaría al Tri Trang Beach Resort, en «una zona tranquila de Patong», la playa más movida de Phuket.

Tardamos más de una hora en llegar a destino. El tráfico para cruzar el centro de Phuket, trepar unas montañas y volverlas a bajar en la costa oeste de la isla, fue infernal.

El chofer fue dejando pasajeros en los hoteles de la zona más céntrica de Patong… Eran cerca de las 6pm y las dos calles principales (una en cada sentido) paralelas al mar, así como las cuadras que las cortaban, reventaban de gente, boliches, restaurantes, negocios de todo tipo y ruido, mucho ruido… parlantes a todo dar competían por imponerse, principalmente en los bares.

Se terminó esa calle y entramos en una curva ascendente y empinada que, para nuestra sorpresa, se extendió por más de 3km… Estábamos lejos, muy lejos del ruido, sí, pero también de donde transcurría todo… Propiamiente que en el medio de la nada, como en una «cala» o pequeña playa.

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Para peor, el hotel no está mal pero, ciertamente, tampoco compensa la distancia y la necesidad inevitable de transporte… No es un hotel en el que den ganas de quedarse. Se trata más bien de un resort de playa, con muy lindas vistas desde los balcones al mar, con una playa preciosa pero «corta» (no da para gran caminata) y en la que, además, no hay reposeras; sólo se permite la toalla de playa; reposeras, en la pileta.  Aun esforzándonos en evitar las comparaciones con Phi Phi y Zeavola, el contraste era sencillamente brutal.

Si el oído de las lenguas no nos falla, el hotel está predominantemente ocupado por rusos… grandotes, blancos enrojecidos y rubiones. Hay bastantes chicos también y para ellos ha de estar bueno el régimen de comidas y de «actividades» de los grupos de animación (que, en lo personal, me fastidian soberanamente; hoy, por ejemplo, tenemos karaoke; ayer, música en vivo… «Where are you from?», «Argentina», «Argentinaaaaaaaa» y, tras cartón, «Don’t cry for me Argentina…» Aaaaaaaaaayyyyyy).

Como decíamos, eran más de las 6pm y ya «no daba» para ir hasta Patong. Decidimos acomodarnos, Mario se gratificó con una sesión de masajes en cuello, hombros y espalda y cenamos en el restaurante que está sobre la playa… Eso es un placer de todos estos lugares… Comemos sobre la playa prácticamente todos los días. Muuuuuuuy hermoso y muuuuuuuuy accesible.

Hoy nos levantamos a las 6am aprox., bajamos a desayunar, también sobre la playa. Tiramos nuestras toallas en la arena, bajo una tupida sombra de esos árboles tipo sombrilla, de esos que abundan en Brasil, con hojas anchas, hermosos.

La lectura sobre la arena blanca y fresca, mirando el mar soleado cada tanto y con una leve brisa… qué decir…

El agua del mar es más linda que en Phi Phi, bien bien transparente, cristalina.

Al rato nos turnamos para caminar (teníamos cámara, celulares y mi libro electrónico) y fue así que llegué a ver a estas hermosuras:

ojalá que sin mayor daño para ellos… La actividad que venden se llama «Swimming with the elephants» y los chicos deliran… Es increíble ver a esos enormes animales comer, cómo enroscan la trompa y engullen la comida, todo un espectáculo.

Al mediodía bajé con unos mates y, poco antes de las 2pm, nos preparamos para tomar  el shuttle que sale del hotel (uno a las 9.30am y otro a las 3.30pm) para Jungceylon, el centro comercial que está en el punto neurálgico de Patong. El bus salió lleno (de hecho, tuvieron que agregar otro); dos musulmanes-vaya-a-saber-de-qué-nacionalidad, dos argentinos-nosotros y, el resto, rusos.

Como llegamos y todavía pegaba bastante el sol, nos metimos en el shopping, inmenso… Buscamos una vez más el e-reader para Mario; «no, ma’am, here no e-readers, people very lazy, they don’t read…» 🙁  … Con lo que me temo que pronto voy a tener que abocarme a los libros «físicos» que se trajo Mario (ya está terminando/sufriendo a Samantha Schweblin y sus cuentos de «Pájaros en la boca» y nos quedamos sin naaaaaada…; voy a tener que prestarle mi Kindle un ratito… sufre, Etelvina, sufre 😉  ).

Nos metimos en un supermercardo gigante y repusimos mi provisión de castañas de cajú. También compramos curry verde y rojo, un «mix» mágico de sabor a pad thai y, ¡maravilloso!, cubitos de caldo de langostinos… Eso que nunca tengo gana ni ingredientes para hacer en casa 😉 y que muchas buenas recetas llevan. Veremos si sirve. Amigos sibaritas, ya sé que no es lo mismo, pero…

[Como ven, estamos a full con la comida tailandesa, vírgenes de toda pizza y pasta. Obviamente, rige a pleno la sentencia: «No vinimos a Tailandia a comer pollo al horno con papa, Mario»]

En una farmacia encontramos, ¡finalmente!, repelente al 50% DEET. Veníamos buscando sin suerte, para llevar para allá (el Off verde tiene 25%).

A eso de las 5pm caminamos hacia el mar, atravesando la calle más animada: Bang La.

Como diría el amigo Haurie, abruma la «contaminación visual»…

Llegamos a la playa y había una fauna nutrida y diversa: solos y solas, parejas homo y hétero, familias con bebés y chicos (¡increíble, pero sí, muchos!) y, desde ya, señores occidentales y cristianos de avanzada edad con «acompañantes terapéuticas» o «terapéuticos» tailandeses y jovencísimos. Perdón la moralina, pero disgusting. Ampliaremos en otro post.

Abundaban, además, manifestaciones de todo tipo de actividad acuática: motos de agua, paracaídas tirados por lancha (¿¡cómo se llamaba eso?!), bananas tiradas por lanchas, snorkel, etcétera.

Caminamos al lado del mar buen rato, echándole un vistazo a los restaurantes recomendados por LP. Nos decantamos por uno con mesas sobre la playa («Sabai Beach», tipo chiringuito), nos acomodamos en la primera fila y -horror- nos pusimos a picar algo y ya después nos enganchamos con el plato principal a las 6.45pm, viendo el atardecer… Cada vez más europeos, cada vez la cena más temprana 😉

Lo pasamos fantástico: comida riquísima, cerveza bien fría, ambiente muy animado y, al propio tiempo, el restaurante muy tranquilo, con parejas y familias.

Volvimos por la primera paralela al mar, atravesamos nuevamente «Bang La» (ya de noche, con toda la oferta de alcohol y sexo a full) y nos tomamos un helado.

Taxi tuk-tuk y al hotel. Apenas las 9pm, pero contentos… Aprovechamos bien el día y ya mañana volamos otra vez.

En suma, y con relación a Patong: no recomendamos ni el hotel ni la zona, más allá de que finalmente lo pasamos muy bien. Nuestra modestísima opinión, y siempre dependiendo de las preferencias de cada quién, es que primero hay que decidir si interesa conocer un lugar como Patong. En nuestro caso, y más allá de que uno no participe (léase: tomar alcohol hasta matarse, ver shows porno o pagar por prostitución), creemos que ese fenómeno «wild on» tan extendido vale una mirada, aunque más no sea de outsider. Además, hay que pasar por Phuket sí o sí para ir a Phi Phi.

¿Dónde parar, en ese caso? Suponemos que en alguno de los dos extremos de la  curva de la playa, tratar de buscar algo más bien alejado del «centro», precisamente de la calle «Bang La». Pero siendo que se trata de eso (de ver justamente ese fenómeno), lo mejor es estar en un lugar accesible. Obvio que con un día alcanza y sobra.

 

 

Los días en Phi Phi

16/17/18FEB2016

Va una entrada bien light, llena de fotos.

Aunque ya estamos a punto de partir, en estos tres días nos hicimos una pequeña rutina: levantarnos muy temprano (6am),

 

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caminar por la playa y un sendero que va hasta un pequeño villorio,

 

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desayunar (además del bufet, preparan delicias… estoy irreconocible, ¡comida india!¡arroz frito con cangrejo a la mañana!, no lo comenten…),

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ir a la playa (lo que incluye literatura y baños de mar… una delicia). Mario acaba de terminar «La ley del menor» (de Ian McEwan), fas-ci-na-do, se lo devoró. Yo estoy con mi primera incursión en Roberto Bolaño, «Los detectives salvajes», atrapadísima y haciéndole frente al largo aliento (voy leyendo duro, recién el 53% según marca mi Kindle; tengo para un rato).

 

Al mediodía a la cabaña (el sol es fortísimo), entonces yo escribo, bajo fotos… y Mario sigue leyendo o descansando. A las 4pm preparo mate y de vuelta a la playa, hasta las 6.30pm aprox.

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A las 8.30pm, cena en el restó del hotel, sobre la playa…

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NADA MAL.

 

En general, y salvo el solazo del mediodía, el clima es muy agradable. Por las tardecitas y noches corre una brisa reconfortante…

¿Será que hay algo que no guste? Dos cosas:

1) La peor, la reverberación de los bajos de los parlantes, 24 horas ininterrumpidas, en una «Villa gitana» (sector de nativos, con barcitos, restaurantes y puestos para actividades náuticas) a unos 70/100m del hotel sobre la playa.

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Cuando la primera noche nos fuimos a dormir con ese ruido y a la mañana siguiente nos despertamos otra vez con lo mismo, no lo podíamos creer… Desde luego, Mario fue a preguntar/quejarse… Dijeron que lo lamentaban mucho, que había un casamiento y que probablemente durara un par de días. Pensamos que era una broma, pero no… Había el casamiento y efectivamente esta gente bailó mañana, tarde, noche, madrugada… ¿Cuándo duermen?

En fin… Y en vistas de lo ya ocurrido en otros lugares de este viaje, parece que se trata de un signo de los tiempos. Para no hablar de quien se tira en la arena y, antes del bronceador, saca su propio «personal loudspeaker» que, maravillas de la tecnología mediante, reproduce un volumen propio de un recital en un estadio en un pequeño adminículo de 10cmx20cm… Delicias hi-tec.

Todo hay que decirlo… El último día no tuvimos la musiquita, bien por Zeavola 😉

2) Los mosquitos… Estamos en medio de una selva con una temperatura de verano todo el año… Qué se le va a hacer. La primera tarde en que estuvimos aquí pasó un pequeño tractor fumigando con un humo denso. En todas las habitaciones hay repelente y parte de la preparación de la habitación para la noche es tirar insecticida. Desde ya, en todas hay esto, prendido las 24 horas:

 

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Con todo eso para conjurar las picaduras, la cosa no es tan grave.

 

Y, para terminar, unas fotos para cosquillita nerviosa…

 

PHI PHI, imperdible

 

Y llegó Phi Phi…

 

 

15FEB2016

¡Feliz cumple Flor! Te recordamos desde muy temprano, a las 6.15am, cuando bajamos a desayunar y todavía no habías cumplido años en Argentina. 😉

La combi de Andaman Wavemaster nos pasó a buscar un tanto retrasada, pero llegamos lo más bien. Ya apenas subimos nos hicieron un upgrade al sector «premium» (habíamos comprado «first class», la categoría intermedia, y había una «standard»). Aparentemente, nuestro sector estaba sobrevendido.

El viaje duró unas tres horas largas, el barco se mueve un poco (nada grave) y, eso sí, quienes salían a cubierta tenían momentos de grandes salpicadas de agua… Agua azul, azul profundo y cada vez que pasábamos cerca de unas rocas o islas, el degradé hacia el esmeralda y el contraste con la piedra gris profundo, alguna vegetación verde o un poco de arena blanca preanunciaba un paisaje de sueño.

 

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La primera parada es en la parte más poblada y animada de Phi Phi: Ao Ton Sai, aparentemente, la que también sufrió de manera más violenta los estragos del tsunami de 2004.

[Recordamos, simplemente, que el tsunami ocurrió el 26 de diciembre de 2004, a raíz de un terremoto de 9.3. En Tailandia golpeó el litoral del Mar de Andamán (al oeste, parte del Océano Índico; la costa este corresponde al «Golfo de Tailandia, parte del Mar de la China Meridional y no sufrió daño alguno por el tsunami). Sólo en este país se confirmaron 5000 muertes]

En esta parada se bajó la mayoría de la gente. El resto, continuábamos a los distintos resorts de Hat Laem Thong.

No más llegar, bajamos y nos aseguramos de que también bajaran nuestras valijas. Personal del Zeavola Resort nos estaba esperando, listos para cargar con el equipaje nuestro y de otra pareja (un yanqui hijo de salvadoreño y neoyorquina y una eslovaca, ambos residentes de Kuala Lumpur).

Zeavola cumple con todas las promesas (o casi, luego volveremos) de Sebastián Taleb cuando le dijo a Mario que «se la jugara… 15 años de casados, el lugar para celebrarlo» ;), con la página web y con las calificaciones de Tripadvisor: paradise on earth.

El que tenga curiosidad, googlee… Van a ir algunas fotos. Solo podemos decir que nunca estuvimos en un hotel igual, en medio de la selva, al lado del mar, con un clima entre agradable y caluroso (al mediodía el sol pega brutalmente en la playa) y con un confort relajado, que en modo alguno sentimos como «lujo» (más allá de que, de hecho, lo sea), suponemos que por la estética tailandesa (todo madera teca, todo muy zen… puro relajación). Cada detalle está cuidado. La habitación/cabaña/»village» tiene 60m2 y está dividida en tres partes, una de ellas (el dormitorio propiamente dicho) es la única que está totalmente cerrada (una pared de teca y tres de vidrio); el resto, todo «abierto», incluido el baño y el área del lavatorio, una pequeña terracita.

 

Para lectores preocupados por el bolsillo, efectivamente ha de ser el hotel más caro que pagamos en la vida (y tenemos bien ganada fama de un poco pijoteros, con lo cual tampoco hace falta mucho…), pero luego acá todo es muy razonable: anoche cenamos en el restaurante del hotel, sobre la playa… un sueño… dos platos principales de cocina thai (ambos con mariscos deliciosos), dos cervezas grandes y un «mojito de maracujá» de postre, por el equivalente a u$s 35 (incluye el 10% de servicio)… O sea… Casi inverosímil comparado con cualquier destino europeo. Ni qué hablar de la costa argentina 😉

[Para mis amigos enófilos, que son muchos, el vino más barato en el restaurante del hotel es australiano y cuesta u$s 45; el más barato argentino («Portillo», de Salentein), u$s 58  ¡¿¿??! Olvídenlo… Salvo las felices excepciones en Italia, España o Alemania, quizá Francia, no tomamos vino… Caro lo más barato y, en general, malo.]

Como decíamos antes, nos guardamos este día tan especial y agridulce para la intimidad. Escribo esto al día siguiente, ya mejor.

Que hablen las fotos.

Phuket

14FEB2016

[Escribo esto casi en el paraíso… Phi Phi, pero la introducción ha sido repensada varias veces… Cuando llegamos ayer lunes 15 al mediodía aquí, las chicas nos estaban buscando…  Nos dio mala espina y, efectivamente, los malos presagios se confirmaron: murió el tío de Mario, Titi, hacía ya varios días. Las emociones, la generosidad del primo Claudio y el cuidado de las Chancles Chaumet, nos lo guardamos todo para nuestra intimidad. Estamos bien y el tío querido, después de tanto tanto sufrimiento, seguramente en paz]

 

Empecemos por el final: qué feo Phuket, particularmente lo que podría llamarse el downtown, la zona del puerto, de pocas plazas, los edificios públicos y los bancos. O sea, no las «playas» de Phuket, para lo cual volveremos en unos días.

¿Y entonces por qué el centro de Phuket? Para combinar cómodamente el traslado a Ko Phi Phi, la isla paradisíaca de la región, mundialmente conocida por haber sido la locación de la película «La playa», con Leonardo Di Caprio. A poco que uno advierte la poca frecuencia de los traslados a la isla y los avatares que siempre pueden tener los vuelos, advierte que es una locura «jugarse» a un arribo al aeropuerto de Phuket y conexión inmediata por ferry a  Phi Phi.

El vuelo Chiang Mai-Phuket fue muy tranquilo y duró unas dos horas. Ya en Phuket nos subimos a un «Airport Bus» (una combi) que va al centro de Phuket por una suma fija (THB 100). Tuvimos un rato de espera arriba de la combi hasta que partió y un muchacho colombiano jamás imaginó que hablábamos español… Garrón escucharle por teléfono todas sus aventuras sexuales con unas «viejecitas» y no parar de escucharle el «marica», «marica», «marica», «marica»… al amigo, del mismo modo que un joven argentino repetiría todo el tiempo «bol…». Cuando cayó en la cuenta, terminó pidiéndome disculpas color bordó :0)

El hotel –Royal Phuket City– era realmente malo, MUY venido abajo, pero sospechamos que en la zona han de ser todos iguales…

Nuestra principal preocupación era cómo llegar a Phi Phi (mejor: al hotel en Phi Phi) al día siguiente. Era para lo único que estábamos allí ese día. Llamamos por teléfono al Zeavola Resort y las opciones eran un speed boat carísimo del propio hotel o el «public ferry». El personal del Zeavola nos instruyó sobre la compañía que nos dejaría mejor (el hotel está en una zona alejada de la isla, no accesible a pie desde la playa más concurrida, puesto que en realidad son dos islas separadas por un estrecho istmo y nosotros vamos a la más retirada), la «Adamanan Wavemaster» (capítulo aparte merecería la conversación telefónica thai-english…).

Buscamos la compañía en internet, constatamos que era una opción mucho más conveniente (aun viajando en «primera clase» y ahorrando con el round trip), copiamos la dirección en un papel y preguntamos en la recepción cómo llegar. Eran alrededor de las 3pm, creo, y la caminata bajo el sol se sentía… ¡Qué cambio de temperatura con el norte y aun con Bangkok!

Luego de un par de vueltas y de preguntas complicadas, desolados por la constatación de que era ¡domingo!, ya pensando que tendríamos que ir al puerto o intentar una reserva por internet, finalmente llegamos… ¡No era tan lejos! Estaba abierto y todo era «favorable»: el servicio incluía el transfer desde el hotel en el que parábamos y hasta el hotel al que íbamos; la vuelta también incluía el traslado al nuevo hotel de Patong (una playa de Phuket) donde nos alojaremos a la vuelta. Sensacional, todo resuelto.

El calor era agobiante y, en Phuket, poco para hacer. Caminamos en dirección a un centro comercial en busca de aire acondicionado. Nos tomamos un licuado de mango y un té verde con limón helado (ambos, deliciosos), recorrimos un poco y compramos unas masitas para los mates en la playa… También repuse castañas de cajú y mango disecado, una delicia 😉

De vuelta en el hotel, me senté a escribir y a eso de las 7.30pm pasadas partimos por la calle del hotel en busca de un restaurante recomendado por la LP y que nunca encontramos. Sin embargo, la salida nos mejoró sensiblemente el humor (en el hotel no funcionaba nada: nos habían tenido que cambiar de habitación por un charco inmenso de agua del acondicionador de aire, la conexión de internet era flojísima y la caja de seguridad sin batería…). Decía que nos cambió el humor porque finalmente encontramos los vestigios de arquitectura chino-portuguesa que presagiaba LP -si no, miren esto-

la calle se transformaba en peatonal y era el típico domingo a la tardecita/noche de un barrio chino: los faroles, las comidas callejeras, los bailes, el karaoke, multitudes de gente pasándola bien… Excelente ambiente popular.

Terminamos cenando en un bar en el que abundaban los televisores con el partido del Arsenal y Leicester… Locales y turistas fanatizados por igual, disfrutando de ricas comidas y tomando algo.

Buen final del día…