Casi sobre el final

25 ENE 2019

Diani

La bronca por otro frustrado intento de terminar La parte inventada no alcanza para lograrlo: no puedo leer más rápido, no puedo leer más horas. ¿Tan largo era? Así parece, pues esto de no conocer el libro “físico” y manejarnos con “posiciones” y “porcentajes” leídos del Kindle nos descoloca. O, como le pasó a Mario: encontrar luego el voluminoso libro en una librería (por ejemplo, Patria), le arrancó un muy sonoro “¡Con razón!”, un súbito alivio por haber tardado tanto.

La cosa es que las casi cuatro horas de lectura ininterrumpida de un libro sobre un escritor y sobre escribir me llevaron solitas al qwerty… Acá estoy, para la despedida.

Ha sido un viaje tan distinto, tan lleno de ganas y de miedos infundados, de alivios y de sorpresas, de cultura y de naturaleza… Estamos felices de haber elegido Kenia, de habernos ceñido a conocer más o menos bien este país, de haber tomado esta muestra tan representativa de esa fantasía occidental llamada “África”.

Estos dos días han sido de más caminatas (la de bien temprano, con baño de mar reparador

y otra, al mediodía y cuando la marea estaba bien baja, hacia el sur, con protector, gorro, remera y otro baño de mar incluido), de suculentos desayunos/brunch poco después de las 9am, de incursiones en otras cenas.

El miércoles cenamos en el resort. Nadie objetó los Levi’s ultra azules y las Crocs de Mario, así que fuimos admitidos en el único restaurante en el que había gente. Un servicio de bufet estaba dispuesto y nos aclararon que correspondía a comida “africana”. Curries picantes, arroz con coco, guisos de corderos, variedad de carnes a la parrilla, ensaladas a elección, sopa de pescado con leche de coco. Todo muy rico, pero nada wow! Y la cosa es que los bufets no nos entusiasman; siempre preferimos elegir dos platos distintos, probar los dos… cuestión de gustos, simplemente.

No entendíamos muy bien cómo era la cosa, porque siempre creímos que estábamos en un régimen de “bed & breakfast” y que las cenas era “a la carta”. Finalmente, cuando nos trajeron la cuenta para firmar, preguntamos. El otro restaurante (en el que no había nadie, literal) era “a la carta”; podíamos elegir cualquiera. Pero, claro, ¿quién quiere ir a un restaurante vacío? El hecho de que todo el mundo estuviera en el del bufet hablaba, quizá, de personas que habían contratado pensión completa o media pensión, que tal vez habían caído aquí por agencia.

Como fuere, el jueves a la noche fue para un restó que está en otro hotel (The Sands at Nomad, tiene muuuuuuuuy linda pinta de afuera), a escasos 700m del nuestro, altamente recomendado por Lonely Planet, Tripadvisor y el tano con ganas de hablar que conocimos en Watamu. Nomad resultó un lugar di-vi-no… estábamos sentados al lado del mar, disfrutando de una brisa increíble

Pedimos langostinos en tempura y el plato con la pesca del día (“dorado”, así como /doradouuu/, espectacular), todo una delicia, aunque con el toque picante que no termina de entusiasmarnos. Por suerte, nada grave y, al cabo, no solo tolerado sino comido con ganas (¿nos estaremos poniendo tan viejos?).

Los precios eran muy normales, pero nos sorprendió la suma de un 20% de impuestos (VAT y otras yerbas) que nunca antes tuvimos así, discriminados ¡o cobrados!

En cualquier caso, no fue un despropósito ni mucho menos, y es un restaurante que merece la pena.

Volviendo a la cena en el resort, vi entrar a un hombre vestido con elegancia-relajada-playa-trópico (pantalón blanco, camisa de lino celeste suelta, sin cuello) ¡y alpargatas! ¡Zas, argentino! Efectivamente, bastó escuchar hablar a la pareja para confirmarlo. Porteñísimos (o casi, San Isidro). Estuvimos charlando en las mañanas subsiguientes con ellos, cuando nos cruzábamos en el desayuno, muy agradables.

Estamos disfrutando de la última tarde, todavía deshojando la margarita de adónde repetiremos cena esta noche. En algún rato deberé encararle al equipaje. Mañana nos pasa a buscar Lucy a las 11am para ir a Moi International Airport, en Mombasa. Nuestro vuelo a Madrid (vía Doha) sale a las 4.50pm, así que vamos más que holgados con el tiempo.

En Madrid recogeremos la valija que dejamos en consigna (con todo el “disfraz” de profesores para el invierno) y saldremos para Alcalá de Henares. Mario da clase el lunes por la tarde y yo el jueves por la mañana. Me interesan algunos temas de los profesores españoles, así que seguramente iré también a esas clases.

Viajes, y otros viajes.

Misceláneas

[De cosas que me quedaron en el tintero, en la libretita, en el recuerdo… de curiosidades para otros viajeros, un poco de todo, muuuuuuuuy mezclado y sin hilo conductor]

Arquitectura.— La arquitectura en Kenia es un capítulo especial. Me preguntaba por qué la arquitectura, en general, luce tan deslucida, tan fea (ésa es la palabra). La cosa va más allá de la obvia respuesta de la pobreza y quizá el uso de ladrillos (mayormente de cemento, pero también cocidos) irregulares, más anchos y “parados” (en lugar de organizados horizontalmente, como los nuestros), sin revocar, sea lo que brinde ese aspecto tan disonante. Y esto pasa tanto en las barriadas pobres como en las partes más acomodadas. Definitivamente, la arquitectura no es el fuerte de los kenianos…

Esto sea dicho, más allá del distrito comercial y financiero de Nairobi, donde hay torres globalizadas, y los apenas intuidos bellísimos barrios acomodados de las afueras de Nairobi, por ejemplo, casas gigantes en barrios cerrados en la zona del National Park. O las mansiones de los italianos al lado del mar en la zona de Malindi, Watamu.

Pastoreo.—  Nos llamó la atención cómo pervive esta actividad entre los kenianos. El pastoreo es omnipresente; tanto en las zonas rurales como en la propia ciudad. No es infrecuente ver cruzar un grupo de cabras o de ovejas o de cabras por medio de las calles. También mucho al costado de la ruta. Los niños y los muy jovencitos suelen estar a cargo.

Tráfico.— El tráfico es terrible, no solo en Nairobi. En las rutas circula de todo y todo junto: autos, motos, bicicletas, carros tirados por burros, por hombres, gente caminando ¡y los animales con sus pastores! Quizá lo único más complicado que hayamos visto fue India, decididamente peor en cuanto al tráfico, más allá de su lógica interna.

Trabajo.— Para los estándares que vemos actualmente en Europa y aun en Argentina, se advierte exceso de trabajadores (indicador lamentable de “mano de obra barata”) en todas las actividades en las que nos involucramos. Esto es así en la obra pública en las rutas (“uno trabajando y diez mirando”), en los parques nacionales, en los hoteles… siempre hay varios apostados (afuera de la habitación, en la salida del hotel, en la entrada de los restaurantes), listos para ofrecer ayuda ¡y para reclamar propinas! Constantemente uno se ve rodeado de tres o cuatro personas para prestar el mismo servicio. No nos animamos a preguntar por el salario promedio. Sospechamos que ha de ser muy bajo.

Higiene y limpieza.— No sabemos si como una política de concientización para promover el turismo o qué, pero lo cierto es que nos llamó mucho la atención la limpieza de los baños en todas partes: lugares comunes de los hoteles, paradores en la ruta, restaurantes. La palabra “impecable” quedaba corta en muchos lados. Creemos que, efectivamente, repasaban el baño luego de cada uso individual, impresionante.

También había otro tipo de detalles: alcohol en gel, comidas tapadas con tules (hay muuuuuchas moscas por todos lados, sobre todo en la costa), tules y mosquiteros en todas las habitaciones, agua embotellada y con precinto de cobertura plástica en la tapa.

Im-pen-sa-ble tomar agua de la canilla. En algunos lugares (sobre todo de la costa) nos lavamos los dientes con agua embotellada.

Finalmente y por descuido, me picaron unos tres mosquitos (a Mario ninguno), así que tomaré la indigesta Tropicur todo lo que sea necesario para aventar todo riesgo de malaria (tenemos que seguir varias semanas más después del viaje y verdaderamente cae como una piedra en el estómago; aunque no haya sido solo eso, es seguro que Mario se sintió mal también por esta medicación).

Hablando de malaria, el problema está en la costa. Quienes viajen a Kenia solo por safaris en el interior, no deberían preocuparse.

Parques nacionales.— Todo un debate entre conservacionistas… por un lado, es muy claro que acotó ampliamente la locura de los “cotos de caza”; por el otro, expulsó a los masai y otras tribus de “tierras originarias” en las que ahora, y con las grandes bestias, ya no podían pastar. Hay compensaciones económicas para estos pobladores, pero la ineficacia y la corrupción impedirían que estos fondos lleguen.

James también nos habló del human wildlife conflict, que se produce, al revés, cuando los grandes animales de los parques se quedan sin agua o sin comida y salen de sus límites, atacando al ganado u, ocasionalmente, a las personas.

Economía y políticas públicas.— Kenia es esencialmente agrícolo-ganadera y turística. Son sus industrias principales. Por ejemplo, nos enteramos que son los principales exportadores de ¡rosas!, que exportan a Holanda, como sede del mercado central de flores más importante del mundo.

De cualquier modo, el gobierno ha anunciado una política de “big 4 agenda”: infraestructure, manufacturing, education & health.

En cuanto a infraestructure, están construyendo un nuevo puerto cerca de Lamu, para conectar con el sur de Sudán y Etiopía (pensamos, luego del atentado en Nairobi, que las cosas se les pueden complicar por el norte con los somalíes… se verá).

Relaciones familiares.— Mario estuvo indagando algunas de estas cuestiones en el viaje a Amboseli, con James. Efectivamente practican la poligamia, sobre todo entre los masai, las comunidades somalíes, algunos musulmanes. En general no se acepta entre las comunidades cristianas.

La sociedad está compuesta por big nuclear families. Los casamientos, funerales, graduaciones, son eventos familiares enormes. Si uno planea casarse, involucra a toda la familia, tíos, primos, abuelos, sobrinos. En amplias comunidades tribales, rurales, pervive el casamiento “arreglado”, desde muy pequeños. En la ciudad no hay casamientos arreglados pero sí puede haber oposición efectiva de la familia hacia alguien. El casamiento es más una cosa de “familias” que de personas.

La mayoría de edad se adquiere a los 18, cuando terminan secundaria. Si no siguen estudiando es probable que se casen rápidamente.

Como está toda la familia involucrada en la ceremonia del casamiento (y sus patrimonios), esto genera altas expectativas y hace que el divorcio no esté culturalmente (tan) aceptado. Es un disappointment, que no muchos afrontan. Gran peso en la cultura la familia.

La mayoría de las tribus son matriarcados en Kenia (insisto con las dudas sobre la calificación).  En la época de los abuelos de James, las mujeres eran las principales proveedoras, constructoras de las casas, las principales trabajadoras. Es muy común todavía, en el interior, la imagen de hombres descansando y discutiendo. En Nairobi ya es diferente, sobre todo por el tema del empleo.

Actualmente están tratando de revertir la “negligencia” hacia las mujeres, con políticas de «empoderamiento» (¡qué palabra tan fea cuando traducida literal!), al menos en lo discursivo.

En la casa de James hablan kikuyu (de la tribu más grande) y mezcla de suajili.  Suajili es la lengua tribal más difundida. Es lengua nacional junto con el inglés.

Comidas.— Nada de lo típicamente keniano nos “voló la cabeza”. Arroz, legumbres, carnes, leche de coco, mucho picante… un pan hecho con una harina blanca con sabor y textura parecidos a los de la mandioca… La comida italiana, igual de rica que en origen.

Sí tienen exquisitas materias primas, de las que nos sacamos las ganas: frutas tropicales (mango, maracujá, ananá, coco, papaya… ¡ay, los jugos!), pescados sabrosísimos (catch of the day era uno de nuestros platos predilectos), mariscos (¡nos hartamos de comer pulpo!, pero también probamos cangrejo, langosta, langostinos, calamares, etcétera).

La comida no era nada cara, relación precio/calidad y contrastado con estándares occidentales y olvidándonos del cambio argentino.  Comiendo pescados y mariscos (aquí también usualmente los platos más caros), con cerveza y varias veces postre (por el helado de mango, por ejemplo) pagábamos promedio u$s 30 los dos. Algunas veces pagamos u$s 40, pero no más que eso.

El vino más barato (y, en general, malo), puesto en restaurante, cuesta u$s 20 para arriba. Los vinos buenos no bajaban de u$s 40.

La cerveza nacional es buena, sobre todo la Tusker Malt y la Guinness, que fabrican acá con licencia, muy buena. En restaurantes, la botella de 330cc ó 500cc (variaba), estaba u$s 3 promedio (a veces menos, a veces más). La Tusker Lager no tiene gusto a nada y otra buena es la Pilsner (así, como marca).

Playas.— Soñadas… arena blanca, fina, brisa constante que no levanta la arena, agua a temperatura IDEAL, un poco de algas, pero tolerable. De las mejores para hacer vida de playa. Watamu, como experiencia y sobre todo por el hotel Kobe, excelente. Diani, combinación equilibrada con lo local (Watamu puede llegar a ser muy italiano).

¿Argentina?.— Única, única referencia: “Messi” y, para algunos, “Maradona”. En varios casos no tenían idea ni de dónde quedaba. Pocos hablan aquí el español. Cuando decíamos que hablábamos español, venía el “España”. Nadie adivinó nunca de dónde veníamos.

3 comentarios sobre “Casi sobre el final”

  1. “Lo bueno dura poco”….ahora a laburar!!!.(Disfrute mucho el viaje y las conclusiones.Gracias ).Que salga bien lo que les falta.Besosssss.

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